Me mudé a la casa donde actualmente vivo el 10 de enero de 2004. A decir verdad, no recuerdo demasiado lo que ocurrió aquel día, tan sólo tengo presente la fecha. Mi anterior domicilio era más alejado del Centro, en inmediaciones del Parque Municipal, y fue mi hogar y el de mi familia durante casi toda mi vida.
Siempre que uno se tiene que mudar y empieza a ordenar todo en cajas, descubre objetos que creía perdidos, otros tantos inútiles, y por lo general opta por deshacerse de muchos de ellos. El traslado de los muebles es todo un tema, sobre todo si son pesados y tienen cajones. Con el fletero hicimos varios viajes desde la casa vieja a la nueva morada, en una camioneta que se caía a pedazos, para poder completar la mudanza. Como todo en la vida, uno se va acostumbrando a un lugar diferente. Al principio, cuesta ubicarse en tiempo y espacio: el baño no está en el mismo sitio, hay pasillos que en la otra casa no había, escaleras que parecen maravillosas pero que transcurridos los años uno se cansa de subir y bajar infinitas veces. Mi casa es mucho más confortable que la anterior, pero uno no deja de extrañar los momentos que vivió en cada habitación, el color de las paredes y el lugar donde estaban colgados los cuadros, los árboles frondosos, el patio amplio y el galpón de las herramientas. Pienso que mudarse implica, de algún modo, envejecer, no es un sentido negativo sino como parte de esa línea de tiempo, por momentos caótica y veloz, que es nuestra existencia y que (si tenemos suerte) nos conduce a una mejor condición de vida, si tomamos como un indicador esencial de ello una nueva vivienda que seguramente tiene comodidades que no tenía la anterior. Punto final.
