Miércoles en la
ciudad. Luego de varios días de clima inestable, hoy el cielo se despejó y
asomó el sol, aunque ya dejamos atrás las jornadas cálidas y estamos
vivenciando registros típicos del otoño. Creo que lo más importante que podemos
tener cada mañana al levantarnos de la cama es una razón para continuar, un
motivo para seguir adelante y una mirada optimista encarar la vida desde otra
perspectiva. Durante el tiempo que no escribí en este blog me propuse indagar
sobre esta cuestión, pero aprendí que probablemente lo más provechoso sea dejar
de buscarle vueltas al asunto y pasar a la acción. Mantener una rutina es útil
para ordenarnos cada día, y creo que todo lo que tenga que ver con eso tiene
una connotación negativa que es inmerecida. La educación financiera, por
ejemplo, forma parte de ese orden, e implica llevar una contabilidad sencilla
que nos permita saber cuánta plata ganamos por mes, qué gastos fijos tenemos, y
cómo podemos ahorrar aunque sea un 10 % del total. Por supuesto, todos sabemos
que el contexto actual no es favorable como para hacer una gran planificación,
pero es necesario poner los números sobre la mesa. En mi caso, me puse más
metódico en ese sentido, anotando en un cuaderno todo lo que cobro en concepto
de publicidad, y en otra hoja, los egresos, que surgen de los gastos fijos de
cada mes. Todo lo que no sea de primera necesidad, es susceptible de ser
modificado. Como ustedes recordarán, en los últimos años he sido crítico de
Milei y de los libertarios en general, pero por mucho que me queje, es algo que
me excede y que no va a cambiar en el corto plazo. No tengo presente la última
vez que tuviera la percepción de que estábamos bien. En honor a la coherencia,
algunos datos de la economía parecen ajustarse a la normalidad, pero el problema
es que esa supuesta recuperación no llega a los bolsillos de la clase media, o
media/baja. La retracción en el consumo doméstico se da porque la gente que
puede hacerlo, compra directamente por Mercado Libre, una plataforma cada vez
más popular, y que sirve también como formadora de precios. Cualquiera de
nosotros ha escuchado alguna vez a un conocido decir: “Está más barato en
Mercado Libre”. Todo lo que tiene que ver con ropa y calzado es más difícil,
porque si bien hay una tabla de talles en cada producto, muchas veces no se
ajustan a la realidad, y el proceso de devolución es un tanto engorroso. Tanto
en ML como en Shein o Temu, hay una gran variedad, y una buena opción para
orientarse son los comentarios y opiniones que dejan los usuarios que ya han
efectuado una compra online. En mi caso, depende del volumen de cada
transacción. Los alimentos los compro en comercios de cercanía, si bien hay
gente que prefiere otros canales de venta, pero quizás para otros artículos,
como herramientas, libros, o determinados repuestos, sea más conveniente hacer
una búsqueda más detallada de la relación precio/calidad. Por eso, hay que
desconfiar de precios excesivamente baratos, y si ese producto tiene un gasto
de envío, lo más lógico sería sumar ese importe para llegar a la conclusión de
si nos conviene realizar una compra por las aplicaciones de e-commerce. Mirá, hoy
por hoy, hasta para sacar un turno médico tenés que hacerlo por WhatsApp, es
decir, desde la virtualidad. Hace unos días llamé a un 0-800 para ver el estado
de una tarjeta de débito que me deben entregar, y seguí las instrucciones de la
grabación telefónica, que se reducen a “marque 1”, o “marque 2”, y así
sucesivamente, sin que llegues al final pudiéndote contactar con un humano. Si
te realizás algún estudio como una ecografía o diagnóstico por imágenes, te
mandan un código QR donde supuestamente está todo, por lo cual vale decir que
si lo perdés, cagaste, a menos que desde ese lugar conserven los archivos por
un tiempo prudencial. Las empresas de servicios, como Camuzzi o Eden, avanzan
cada vez más en el cierre de sus sucursales físicas. Todos los trámites se
hacen desde la burbuja de la virtualidad. Es más, en un futuro no muy lejano, todos los
peajes serán automáticos, con lo cual no habrá nadie en una cabina para que vos
le entregues el dinero de la tarifa y recibir un mísero ticket como constancia.
Si comprás un
celular nuevo, toda tu información permanece “en la nube”, en una cuenta de
Google, y es un requisito ineludible contar con ella para recuperar tus datos y
contactos. Hay personas que ni siquiera recuerdan su propio número, cuando
antes era habitual tener una libretita donde anotábamos los números de nuestros
familiares o amigos, a quienes llamábamos regularmente por un aparato fijo. No
sé, quizás todo lo que ya pasó y quedó obsoleto nos provoca una nostalgia mal
entendida, porque eso no quiere decir que antes haya sido mejor. Cabe
contemplar esa posibilidad, como también la decadencia del soporte papel, que sobrevive
en los libros y en algunos útiles escolares, pero con la ominosa sospecha de
que tiene fecha de vencimiento. Todo se terminará en algún momento, porque los
cambios se dan a una velocidad inusitada, que supera nuestra capacidad para
incorporarlos y adaptarnos en consecuencia. Pensá que un teléfono a disco
sobrevivió durante más de 40 años como la única forma de efectuar una
comunicación de larga distancia, y en un lapso relativamente breve, fue
reemplazado por aparatos inalámbricos, luego por el celular, el mail, y los
servicios de mensajería. Tampoco hace falta que te acuerdes de los cumpleaños
de tus amigos, porque Facebook hace ese trabajo por vos, debe ser una de las
pocas cosas que existe de aquella red social, que ya muestra señales de
agotamiento para ser sustituida por Instagram. Hoy parece ser que es más
importante contar con “seguidores” que con un entorno de personas reales. Las
historias, los reels, los estados de Whatsapp, y un cúmulo de nuevas
herramientas nos van arrojando sin escalas hacia un terreno fangoso en el cual
todavía no podemos hace pie, y que se conoce como progreso. Porque, seamos
sinceros, todos queremos progresar, aunque si siquiera sepamos cómo hacerlo. ¿Adoptando
nuevas tecnologías? ¿Tiene sentido aprender algo que quedará obsoleto en un
abrir y cerrar de ojos? Todos los sociólogos coinciden en que el impacto de la
pandemia fue de tal magnitud, que nos vimos forzados a avanzar hacia nuevas
formas de comunicarnos. Fue el despegue definitivo de aplicaciones como Zoom,
Meet, o Classroom. No había otra manera de que los docentes pudieran dar
clases, hasta las sesiones de terapia se hacían por videollamada, y la realidad
es que muchos de esos cambios se mantuvieron en la post-cuarentena. A mí me
costó aceptarlo, pero no había demasiadas alternativas disponibles, si no te
acostumbrabas, quedabas en el camino. Fue todo muy rápido, en menos de dos años
se produjo una transición impresionante que dejó fuera de circulación a muchos
objetos físicos y tangibles. Podríamos ponernos nostálgicos de que ya nadie
escribe cartas, por ejemplo, pero no sé si tiene sentido. En la actualidad, la
única correspondencia postal que se recibe son las cartas documento, y lo mejor
que te puede pasar en la vida es no recibirlas nunca, ya que no abundan las
buenas noticias que podés encontrar allí. La vuelta hacia lo analógico nos
permite entender otros fenómenos más evidentes, como el revival de los discos
de vinilo, o la lenta agonía de los diarios impresos. Todo lo que puedo decir
es que, de no haber sido por una situación excepcional que comprometía la salud
de millones de personas, esos cambios se hubieran producido más gradualmente. Lo
que nos salva de esa sensación de desamparo es llegar a la conclusión de que
las próximas generaciones estarán en condiciones de incorporar hábitos, usos y
costumbres con una facilidad y pragmatismo que a nosotros se nos hizo cuesta
arriba, pero que, en definitiva, es un signo de los tiempos. Nos estamos viendo
pronto. Punto final.