Quizás en el
pasado, hice cosas de las cuales no estoy orgulloso, o que siento que no me
representan hoy. Por ese motivo, creo que mirar hacia atrás sólo es válido si
nos permite no repetir conductas equivocadas. Desde luego, esa mirada también
está atravesada por recuerdos, sensaciones, anécdotas, que hoy guardan un lugar
destacado en nuestra memoria. Personas que ya no están porque se nos
adelantaron en el camino. El aroma de la cocina de la abuela. Aquellos años que
compartimos en el aula de la escuela. El primer amor. El primer trabajo. El
primer sueldo. Por lo general, la primera vez que hacemos algo tiene un impacto
significativo en lo que vendrá después. Pero fuera de esos casos que mencioné a
modo de ejemplo, yo no sé si quisiera volver a recuperar esos momentos. La
nostalgia cobra una dimensión desmedida si dejamos que aparezca la melancolía,
o la tristeza que nos embarga al encontrarnos con las manos vacías, sin la
presencia de esos seres queridos que nos ayudaron a recorrer un sendero que, de
no haber sido por ellos, hubiera sido mucho más difícil de afrontar. Nos sucede
con frecuencia que idealizamos el pasado, y por eso quisiéramos volver, pero lo
cierto es que, desde un punto de vista objetivo, estuvo muy lejos de ser un
lecho de rosas. Cuando me detengo a analizar cómo pensaba antes, esas
expectativas arrojaron como resultado lo que fui construyendo a lo largo del
tiempo. Creo que cualquiera de nosotros tiene ese sabor agridulce al efectuar
un contraste entre el ayer y el hoy. Pero yo entendí desde hace bastante que mi
momento es ahora.
En los primeros
días de enero traté de romper con esa falsa y estéril añoranza para focalizarme
en todo aquello que yo puedo corregir y modificar en el corto plazo. En
realidad, decidí tomar la iniciativa y pasar a la acción en lugar de esperar
que los acontecimientos vayan decantando solos. Como tengo algunos problemas de
salud, sé que la responsabilidad de cuidarme es únicamente mía. Para toda
persona adulta se trata de un ejercicio indelegable, y en ese sentido, se me
ocurre pensar que el error está en recurrir a soluciones cortoplacistas que
sólo nos brindan una satisfacción breve y transitoria.
Todos sabemos que en la vida nos toca atravesar duelos, que están ligados a una situación de pérdida. Sin embargo, en muchos casos, es necesario resignar algo para poder seguir adelante con un equipaje más liviano, sin ningún lastre ni condicionamiento. Por lo que yo recuerdo, hace 20 o 30 años no se le daba importancia a la salud mental, los pacientes que ya habían recibido un diagnóstico debían tomar una determinada medicación para paliar su enfermedad y no recibían una mirada empática de la sociedad. Ahora eso ha cambiado, afortunadamente, porque muchas figuras del deporte o del espectáculo que tienen una enorme presencia en los medios, han hablado abiertamente de las dificultades que han tenido que sortear. Ser una persona pública ha sido siempre un estigma para muchos que se han encontrado repentinamente con la fama. Más de eso no puedo conjeturar, es una situación que me excede, pero sí es cierto que podemos lograr un mayor grado de visibilización de estas problemáticas cuando alguien logra trascender y aprovecha esa popularidad para expresarse sin tapujos. Por esa razón, en los albores del Siglo XXI, dejamos atrás ese enfoque prejuicioso y sectario que predominaba en la agenda mediática, y que yo nunca avalé dentro de la profesión.
No todo tiempo pasado fue mejor: En los años ’90, había mucha discriminación hacia los homosexuales, el rol de la mujer no era valorado, el consumo de estupefacientes había crecido exponencialmente y los adictos no tenían espacios terapéuticos para ser escuchados y poder lidiar con sus adicciones. Las personas con discapacidad no tenían ninguna posibilidad de inclusión, porque aún no se había tomado conciencia de las capacidades diferentes que posee cada individuo. Vale decir que avanzamos muchísimo, por supuesto que aún queda un largo camino por recorrer, pero yo creo que esto no es socialismo ni agenda Woke como suele proclamar Milei en los foros internacionales, es un cambio que llegó para quedarse, y las minorías que se ganaron un lugar luego de varios años de lucha ya no podrán ser silenciadas.
Si tenemos una mirada amplia y honesta, con esos
antecedentes nos sobran los argumentos para que esa vuelta a un pasado
supuestamente perfecto empiece a mostrar fisuras, ya que no era más que una
cáscara bajo la cual los derechos humanos eran sistemáticamente vulnerados. Y
quienes perpetraban ese ninguneo no eran otros que aquellos que se jactaban de
su “normalidad”, un concepto que ya nadie se atrevería a esgrimir en la
actualidad. El hecho de que un comportamiento sea adoptado por la mayoría no
significa que se trate de algo normal o que merezca ser replicado por el resto.
En 2026, lo que
podemos decir es que todo lo nos quede por delante debe ser vivido desde una
perspectiva de gratitud. En la medida que aprendamos a cultivar la aceptación y
a no romperle la paciencia a los demás por lo que consideramos urgente, vamos a
lograr ese ansiado reencuentro con nosotros mismos. La gente no tiene tiempo
para escuchar problemas ajenos, está muy ocupada con sus propias demandas o
carencias, y ser conscientes de ello nos posiciona en otro lugar. Todos los
días veo personas que, aunque no me lo digan, no la están pasando nada bien. No obstante, ese padecimiento silencioso en algún momento mutará en una
superación, porque nadie elige el sufrimiento o el hastío, y así como parece
ser un estado mental dominante, en determinado momento llega a su fin. Ser
parte de ese proceso es necesario para entender todo lo demás, y cada cual lo
vive a su manera. Si tenemos la capacidad de respetar y entender los tiempos que
son propios de cada individuo sin levantar el dedo acusador, estaremos
contribuyendo a no juzgar a nadie por su situación. Y, sin duda, los libros de
autoayuda no aportan sabiduría ni conocimiento cuando las papas queman. El arte
de vivir, tal como las culturas orientales lo definen, nos lleva toda una vida
dedicada al autoconocimiento. Nos estamos viendo pronto. Punto final.