Fin de semana en la ciudad. Llevamos varios días nublados y lluviosos, y la verdad es que el común denominador indica que ya ha sido suficiente. Debido a las condiciones climáticas, hace bastante tiempo que no voy al parque, y como primer paliativo, lo único que se me ocurre es emprender una caminata por las calles pavimentadas de la ciudad. Todos sabemos que el ideal de la primavera está representado por una etapa del año en la cual todo tiende a florecer, como un súbito despertar de la conciencia, pero hasta ahora eso no ha sucedido. A raíz de la experiencia reciente, creo que deberíamos pensar en trazarnos objetivos que resulten realizables y que podamos sostener. El mayor desafío que cualquier persona pueda plantearse consiste en superar las limitaciones y alcanzar la plenitud. Por ese motivo, es necesario fortalecer la resiliencia, aceptar lo que nos marca el destino, y aprender a considerar esas vicisitudes como parte de un proceso.
A esa altura de mi vida, mi principal
aspiración es ser construir a partir de lo que lo que he podido conseguir, por
mucho o poco que parezca. Siempre existe la tentación de mirar hacia atrás y
anhelar ese pasado en el cual supuestamente la vida nos sonreía y todo parecía
estar en su lugar, pero probablemente no sea más que un espejismo. Más allá de
lo que la lectura que cada uno haga, no hay ninguna posibilidad de volver a la
infancia o a la adolescencia que no sea con los recuerdos. En líneas generales,
tenemos la presunción de que hace unos años no teníamos complicaciones y que el
devenir cotidiano hacía que todo fuera más sencillo, pero sospecho que no
siempre fue así. Es cierto que los grandes cambios y avances tecnológicos se
suceden con una velocidad sin precedentes. En las últimas décadas, las
comunicaciones, el entretenimiento y la industria cultural tuvieron profundas
modificaciones que nos obligaron a adaptarnos a una nueva realidad, hasta
entonces desconocidas. Basta con ver lo que representa hoy tener un teléfono
celular, y lo que era a principios de los ’90. Tener la conectividad y el
acceso a Internet en un dispositivo que cabe en la palma de la mano relegó a la
computadora de escritorio a un segundo plano, sumado a las aplicaciones que
permiten administrar las cuentas bancarias y efectuar transferencias mediante
el home banking. En este contexto de profundas transformaciones, creo que
estamos ante una buena oportunidad de parar la pelota y empezar a analizar con
mayor profundidad lo que implica este nuevo escenario. Vamos postergando
nuestro bienestar personal casi sin darnos cuenta, y si seguimos ejerciendo esa
procastinación, llegará el día en el cual ya será demasiado tarde, porque los
hijos crecen, los hábitos y costumbres van mutando, y nos encontraremos con la
amarga certeza de que nunca hemos dedicado tiempo a nosotros mismos.
Nos pasamos la
vida esperando que nos sorprenda un gran acontecimiento que nos colme por completo,
y en ese afán, pasamos por alto las pequeñas satisfacciones que nos brindan
estímulo en el día a día. Quizás ya sea hora de aprender a darle valor a esos
momentos, que son lo más parecido a la felicidad que vamos a tener en el corto
plazo. En lo que a mí respecta, muchas veces hago mi trabajo en piloto
automático, sin dar lugar para el disfrute, pese a que tengo la fortuna de
laburar de lo que me gusta. Tuve varios empleos a lo largo de mi vida: Trabajé
en una agencia de autos, en una compañía de seguros, en un diario, en las
escuelas… Pero llegó un punto en el cual logré ser independiente, con un diario
digital, con producción periodística propia, y sin que nadie me diga cómo tener
que escribir nada. Por supuesto, no todo lo que reluce es oro, pero sigo
pensando que es la mejor opción a la que pude arribar. Cuando miro hacia atrás,
y veo todo lo que hice, más de una vez me arrepiento y me pongo mal, porque
cometí muchos errores, o desperdicié tiempo con proyectos que no funcionaron
como yo me imaginaba. Por lo tanto, el pasado no sólo sirve para dar lugar a la
nostalgia de los años felices, sino también para recordar que nadie se baña dos
veces en el mismo río. De todos modos, tengo el consuelo de pensar que luego de
cada paso en falso hice lo posible para superar la adversidad. Y en ese recorrido, me acompañaron mi familia,
mis médicos, mis amigos, todos los que forman (o formaron) parte de mi entorno.
Y aunque hoy ya no tengo la creatividad y la lucidez de antaño, sigo adelante con
la premisa de observar y analizar lo que me rodea, para volcar esas impresiones
en cada nota o crónica que me toque escribir. Seamos sinceros: El presente
puede no ser muy alentador, pero es lo único que tenemos, y reconciliarnos con
lo que nos toca en suerte nos posiciona en otra perspectiva. Nos saca del
eterno lamento y nos incentiva a ocupar un nuevo rol, asumiendo un protagonismo sin delegar en terceros esa responsabilidad ante la propia vida. A dos meses
para finalizar 2026, sigo teniendo la convicción de que no todo ha sido en vano.
Pero debo advertirles, como lo hice al comienzo de este posteo, que mantener la
vara muy alta es un factor de riesgo para caer en la frustración. Nos estamos
viendo pronto, buscando la mejor versión que nos conduzca a reinventarnos día a
día. Punto final.