La ilusión por
alcanzar la cuarta estrella quedó atrás. La Selección se despidió del Mundial
con una dura derrota ante España, que fue un baño de realidad para las
desmedidas expectativas que existían en la previa del partido. El equipo tuvo
un recorrido que fue de menor a mayor: En los dos últimos partidos mostró
temple, personalidad y coraje, aunque ninguno de esos atributos fue suficiente
para compensar el déficit en el campo de juego. La Argentina casi ni llegó al
arco rival, dejó que la iniciativa quedara en manos de los españoles, y el
desarrollo del match reflejó esa disparidad entre ambas selecciones. El
combinado local logró mantener la valla en cero durante buena parte del match
gracias a las atajadas del Dibu, pero relegó su vocación ofensiva. No hubo
chances tampoco de apelar a un contraataque: El equipo se replegó y resignó
buena parte de su potencial, Messi fue una sombra, y los delanteros no tuvieron
gravitación en el juego. El marcador podría haber sido más abultado a favor de
España, y la esperanza de la Argentina era aguantar hasta los penales, donde se
presume que podría haber tenido mayores chances. Pero quedó demostrado que no se
puede especular con un hipotético escenario favorable a la selección, sin tener
en cuenta las condiciones del adversario.
Siempre me
pareció excesiva la dependencia que el plantel mostraba ante la figura de
Messi, más allá de que fue el Capitán y el conductor. Pero lo cierto es que el
equipo no brindó respuestas desde lo estrictamente futbolístico para torcer la
racha y ganarse un lugar en la historia. España, además de consagrarse Campeón,
terminó el Mundial invicto, con un solo gol en contra en 8 partidos, y una
solidez que se puso de manifiesto desde los primeros minutos de la Final.
Obviamente, mi deseo era que ganara la Scaloneta, pero no se puede tapar el sol
con una mano. De hecho, Argentina sólo tuvo rivales de jerarquía desde las
semifinales en adelante. Más allá de la lectura que cada uno desee hacer, lo
sucedido en el estadio de New Jersey marca el fin de un ciclo que supo de
derrotas y triunfos, pero que ya presentaba signos de desgaste y de
agotamiento. A partir de ahora, hay que pensar en un equipo sin Messi, con
figuras jóvenes que prioricen el funcionamiento colectivo por sobre el
lucimiento individual. Con una derrota tan reciente en la memoria, es difícil
hacer futurología, pero Scaloni ha demostrado ser un entrenador que aporta
mucha motivación y que tiene la capacidad de conducir a un grupo hacia la
gloria, como lo hizo en 2022. Ahora es momento de barajar y dar de nuevo, pensando
en que nunca antes se le dedicó tanto espacio en la agenda mediática al partido
de ayer. A mi modo de ver, superó ampliamente el lugar que ocuparon todas las finales anteriores. En los días previos, era imposible buscar en los canales de noticias otro
tema que no fuera la Final. Otorgar una cobertura tan hegemónica a un evento
deportivo nos pone en una posición muy endeble, porque la posibilidad de perder
siempre existió, desde el primer minuto de juego. Y cuando eso sucede, nos quedamos con las manos vacías, por haber apostado las últimas fichas a todo o nada.
Por una cuestión
generacional, es lógico pensar que la era dorada de Messi llegó a su fin,
cronológicamente ya cumplió una etapa, y ese planteo también es válido para
varios jugadores que ya deberán ceder su lugar a las nuevas camadas que van
consolidándose en sus respectivos clubes, tanto de Argentina como de Europa.
Nos quedamos sin piernas, sin respuestas desde lo futbolístico, y podríamos
sentirnos afortunados de haber perdido solamente por un gol de diferencia.
España no cesó ni un segundo en atacar, puso en el campo todo su poderío
ofensivo, y cualquiera que vuelva a ver el partido podrá comprobar que no se
trata de un juicio de valor exagerado. Pero todos sabemos que la derrota es
huérfana, y nadie quiere hacerse cargo de ella. Por otra parte, durante los 40
días que duró el Mundial vivimos con el espejismo de un equipo que pudo suplir
nuestras notorias carencias en el plano político, económico e institucional. Es
decir que seguiremos siendo un país subdesarrollado, con la mayoría de su
población desempleada, sumida en la pobreza, o que ni siquiera gana lo
suficiente como para llegar a fin de mes. Quizás este sea el comienzo de un
nuevo despertar, de un renacer, aunque no haya señales de que podemos iniciar
una nueva etapa apelando a viejas recetas que ya mostraron claros indicios de
ineficacia. Llegó, pues, el momento de imaginar la vida post-Mundial, sin tanta
alharaca ni cotillón, y sin otro baluarte de confianza que no seamos nosotros
mismos. Nos estamos viendo pronto. Punto final.