13 de julio de 2026

Que el árbol no nos impida ver el bosque

 

Estamos la recta final del Mundial. Sólo quedan cuatro partidos (dos semifinales, la final, y el partido por el tercer puesto). Y más allá de que haya habido cierto favoritismo hacia la Selección, lo cierto es que recién ahora se enfrentará a rivales de jerarquía, como es el caso de Inglaterra. Algunas decisiones arbitrales, como los penales, los goles anulados, o las expulsiones, han allanado el camino para que el equipo argentino pudiera llegar a esta instancia. Pero yo no creo que nadie de la AFA o de la FIFA haya tenido intervención directa en esos fallos, simplemente digo que esas decisiones terminaron por torcer la balanza a favor de la Scaloneta. Esto no quita que el equipo haya mostrado un gran nivel, con figuras gravitantes en los 90 minutos, como Julián Alvarez, el propio Messi, o Paredes. Por otra parte, es difícil abstraerse del resultado final de cada cotejo y pensar si Argentina hizo méritos para haberse sobrepuesto a la adversidad. Obviamente, mi deseo es que podamos llegar a la final y ser Campeones otra vez. Pero, como mencioné al comienzo, hasta ahora los rivales no han sido selecciones de peligro. Hemos enfrentado a Cabo Verde, Egipto, y Suiza, que también han hecho lo suyo para llegar hasta donde llegaron. Pensemos que en el ’86 y en el ’90, Argentina se enfrentó en fase de eliminación a Brasil, Italia, Uruguay, y tantos otros representativos que tienen una trayectoria que los respalda. Lo bueno es que ahora sí podríamos afirmar que llegó la hora de la verdad. Cada minuto cuenta para imponerse sobre el adversario y demostrar el fuego sagrado que ha distinguido al equipo desde que Scaloni asumió como entrenador. A mí lo que no me gusta es que, cuando transitoriamente están en ventaja, empiezan a replegarse y a jugar para atrás, sin vocación ofensiva, regulando la marcha, caminando en el campo de juego, como si no tuvieran suficiente con la pausa de hidratación. También llama la atención que todos los países latinoamericanos expresen su animadversión con la Selección, deseando una derrota que nos deje fuera de la pelea. No tiene sentido, porque a mi modo de ver los jugadores no son soberbios ni arrogantes, es un equipo que se fue consolidando desde 2022, y de hecho, la mayoría de los Campeones de Qatar siguen vistiendo la camiseta en este Mundial.


Históricamente, los Mundiales han sido funcionales a las cortinas de humo de los gobiernos de turno, que sacan provecho del fervor colectivo para ocultar de la agenda medidas polémicas que afectan nuestra calidad de vida. Ya se está hablando de una hipotética reelección de Milei, y yo creo que va a alcanzar un nuevo mandato, porque la oposición no existe, no tiene peso en el electorado, con la excepción de algunos bastiones que conserva el peronismo. Ojo, yo no soy partidario del Peluca, por ese motivo cabe aclarar que no se trata de una expresión de deseo, sino de analizar objetivamente cómo se moverán las piezas del tablero político.


Inglaterra es un rival que siempre tiene una connotación especial, por varios antecedentes que son harto conocidos, pero sea cual fuere el resultado, la vida continúa. Por supuesto, no es lo mismo ganar que perder, y como ya dejamos atrás la fase de grupos, uno de los dos se quedará afuera. Podemos soñar con ganarle a los ingleses y disputar un nuevo duelo en la final con Francia, la verdad es que sería buenísimo que los finalistas del 2022 vuelvan a verse las caras. De algún modo, el fútbol nos une, porque es el deporte más popular, y atraviesa las clases sociales, un fenómeno que casi no se da en ningún país del Primer Mundo. En Brasil, la temprana eliminación del equipo se vivió como una tragedia y un fracaso rotundo, sin embargo, creo que nosotros hemos fracasado tantas veces que algo hemos aprendido. O al menos, así tendría que ser en teoría. Nadie juega para perder y sin duda todo el país espera un triunfo que nos haga olvidar transitoriamente nuestras frustraciones, porque seguimos siendo un país pobre, subdesarrollado, sumido en la pobreza, la corrupción, y la marginalidad, una espiral de decadencia que se viene dando desde hace por lo menos 50 años, sin que podamos salir a flote. El modelo kirchnerista parece estar agotado, pero la extrema derecha con el Estado ausente que propone Milei va a derivar –más tarde o más temprano- en un estallido social. Venimos de procesos inflacionarios que han pulverizado el poder adquisitivo de los salarios, y lo más preocupante es que los libertarios siguen sin dimensionar la magnitud de la crisis. Vamos Argentina, a ganar, pero que el árbol no nos impida ver el bosque. Nos estamos viendo pronto. Punto final.

 

 

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