5 de julio de 2026

Salir de la melancolía

 

Domingo 5 de julio. Venía surfeando la ola de frío polar razonablemente bien, hasta que ayer no tuve mejor idea que salir unos minutos en bicicleta. El resultado: Me enfermé casi inmediatamente, de hecho, anoche no pude dormir, terminé hecho pedazos. Desde que comenzó el mes, o incluso unos días antes, las bajas temperaturas no nos han dado tregua, pero recién ahora empiezo a padecer las complicaciones de un invierno que promete ser más crudo que los anteriores. Creo que mañana me voy a quedar guardado y voy a salir solamente para finalizar con algunas cobranzas que me quedaron pendientes por hacer. La verdad es que no tengo ganas de pensar en nada, porque sé que si le doy lugar a los pensamientos recurrentes, voy a pasarlo peor todavía. Mientras tanto, sigo trabajando desde mi casa, la labor periodística no se ha visto afectada hasta el momento, y hasta el día de hoy continúa siendo mi principal fuente de ingresos. Soy consciente de que estoy escribiendo menos en el blog respecto de años anteriores, pero quizás antes tenía más cosas para decir. En cambio, hoy por hoy, siento que todo lo que me pueda suceder ya me ha pasado antes, con lo cual no hay ningún atisbo de novedad.


En fin, más allá de estas consideraciones, creo que en el último tiempo he logrado más de lo que imaginaba en un principio. Cada vez que siento flaquear mis esfuerzos, vuelvo a leer lo que escribí a comienzos de 2026, y esa declaración de principios me brinda motivación para no fallarme a mí mismo. La vida cotidiana carece de experiencias memorables, por lo general consiste de algunas situaciones aisladas que nos otorgan satisfacción, y a esta altura, ya deberíamos aceptar que seguirá siendo así. No obstante, hay algunos proyectos que pueden llegar a concretarse. Es mejor no decir nada por ahora, pero sólo diré que mi gran meta es alcanzar una mayor independencia, y para lograrlo es necesarios dar pasos firmes y decididos. Muchos de mis contemporáneos ya viven solos o alquilan alguna casa, y yo sigo haciendo números para ver cuál opción está más cerca de mi presupuesto. Puede sonar un poco desalentador, pero lo cierto es que antes de quemar las naves, hay que achicar gastos, de lo contrario siempre va a haber un déficit que nos impedirá acercarnos a aspiraciones más elevadas. Como le sucede a la mayoría, a veces no sé si estoy yendo por el camino correcto, pero es mucho peor quedarse en la cama sin hacer nada, esperando que alguien nos toque la puerta para darnos una noticia que nos saque de la abulia.


Como les comentaba en los primeros párrafos, mi salud ya no es la misma de cuando tenía 20 años, y es lógico suponer que con el envejecimiento uno está más expuesto a los achaques. No sirve de nada tratar de determinar si uno sigue siendo viejo o joven. Obviamente, sé que ya dejé atrás la adolescencia y buena parte de mi juventud, eso lo tengo en claro, y por esa razón tengo la convicción de que no me queda mucho tiempo. No puedo resignar ni un día porque seguramente cuando la vejez me alcance, me voy a arrepentir de no haber vivido con plenitud, disfrutando cada momento con mis seres queridos y con la gente que realmente me importa. 


Todavía no he tenido que lamentar ninguna pérdida importante en mi familia, y -si vamos al caso- no tiene sentido teorizar al respecto, porque cuando realmente suceda, será un mazazo muy duro de sobrellevar. Por mucho que pienses que estás preparado, la realidad te supera por completo, te golpea donde más duele, te arrebata a las personas con las que imaginaste ideas y proyectos, y te devuelve a un sitial de máxima vulnerabilidad. Sí, esa es la palabra clave: Cada vez nos sentimos más vulnerables, más indefensos, más solos. Crecimos construyendo un proyecto de vida que se torna débil en los cimientos, esos mismos cimientos que creíamos sólidos e inalterables. Por eso perdemos el entusiasmo y nos dejamos ganar por la depresión. 


Nada ocurre porque sí, siempre hay algún motivo para que los hechos se vayan dando de una determinada forma, excepto ante la pérdida física de nuestros amigos y familiares. Vamos por la vida creyendo que tenemos la sartén por el mango, y de un momento a otro, todo se derrumba. La salud mental se deteriora, los tratamientos duran meses, años, décadas, y nada parece mejorar tragando pastillas. No sabemos cuánto tiempo vamos a estar en este mundo, y ni siquiera las religiones nos otorgan un consuelo, por eso la Fe va perdiendo adeptos, aunque en el fondo a todos nos gustaría que existiera una doctrina que nos brinde confianza en un futuro mejor. La mayoría de las enfermedades son psicosomáticas: Te afectan el cerebro y después tu físico, vos no te das cuenta porque ni siquiera tenés ganas de verte al espejo, pero a ojos de los demás te convertís en una ruina. Más de una vez he visto personas otrora felices, que están desaliñadas, se les caen los dientes, el pelo, y ya ni les importa la mirada del otro, ni cómo los demás las puedan ver. Son víctimas de la depresión, han caído en un pozo del cual cuesta mucho salir, puedo afirmarlo porque alguna vez me ha pasado y me sentí con mucho miedo al encontrarme sin proyectos, ni deseos, ni motivación. Pese a todas las dificultades, los duelos, el desamor, la soledad, y los prejuicios que aún existen sobre la salud mental, la vida vale la pena. Siempre es mejor luchar por alcanzar las utopías antes que estar muerto y enterrado. Y siempre se está a tiempo de forjar vínculos duraderos, inclusive en esta época dominada por el auge de la virtualidad, la Inteligencia Artificial, y la falta de incentivos que premien y valoren el esfuerzo por lograr la superación personal. Cuando el hombre cree que todo está perdido, aparece un instinto de supervivencia que constituye la fuerza más primitiva y primigenia de los humanos, pero que resulta útil para no rendirse y salir del atolladero. Nos estamos viendo pronto. Punto final.

Salir de la melancolía

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