18 de febrero de 2022

Conocer tus propias limitaciones te hace más "libre" de lo que pensás

 Es muy frecuente que, sobre todo cuando estamos en la cama somnolientos, a punto de que nos venza el sueño, sobrevengan de la nada (o no tanto) recuerdos de distinta índole, inconexos, que no guardan un orden cronológico. Son como flashes que surgen de alguna situación reciente que actúa como "disparador". Muchas personas buscan un modo de trascender después de haber fallecido escribiendo libros de memorias o autobiografías. Algunos reúnen méritos suficientes para completar un texto que quizás en el futuro pueda ser objeto de estudio. A otros, en cambio, sólo los mueve la vanidad de dejar un legado, varias páginas de escaso valor, antes del fin. 

Todos abrigamos, aunque no lo digamos, el deseo de dejar algo en la memoria de nuestros seres queridos, y es una de las grandes fuerzas movilizadoras de la historia de la humanidad. Si no tuviéramos la aspiración de conseguir "algo" antes de abandonar este mundo, el hombre no se embarcaría en epopeyas, hazañas, en desafiar a la naturaleza, en luchar contra lo establecido para construir nuevos paradigmas.

Sabemos, desde que nacemos, que no nos queda mucho tiempo. No sabemos cuánto, ni tampoco podemos precisar cuánto de nuestro ciclo biológico transcurrirá con la lucidez y la "chispa" de los mejores años. Si lográs vivir 100 años pero pasaste los últimos 20 postrado en una cama, te la regalo. Todos hemos pensado en que podemos llegar a ser una carga para nuestras familias en determinado momento. Y si lo hemos pensado, es porque a nosotros mismos nos ha tocado asistir y dedicar tiempo a un ser querido cuyas posibilidades de manejarse por sus propios medios son casi nulas. Y llamás a tu mamá, a los gritos, desesperados por cierto, y totalmente inútiles, porque ella murió antes que vos. “Mamá” es la primera palabra que aprendés a pronunciar, y también es la que exhalás en tu último aliento. Mamá está y no está: Es decir, la vas a recordar siempre, por más que hayas renegado miles de veces de aquellas actitudes hacia vos que no comprendías. Y siempre, al parecer, queda pendiente una charla. “Si se lo hubiera dicho antes…”; “Si hubiera podido decirle la verdad a tiempo para evitarle un disgusto…”. El problema es que esa conversación pendiente quedará para siempre en ese status quo, no hay manera de que ella pueda conectarse con vos, al menos en este plano, y sin recurrir a toda esa chantada de médiums y espiritistas. 

Por eso, retomando el comienzo de esta nota, el hecho de soñar con esa persona que ya no está, te permite ir atando cabos de a poquito, te da tranquilidad. Puede ocurrir, también, que te hayas quedado huérfano siendo muy chico, y que apenas conserves recuerdos de tus padres. Pero seguramente vas a encontrar alguna foto antigua dando vueltas en un rincón, como mudo testimonio de quienes fueron tus progenitores. Una excepción válida puede ser aquellos jóvenes cuyos padres fueron desaparecidos por la Dictadura, y por lo tanto, continúan tratando de hallar algún indicio de sus orígenes, aunque más no sea para saber dónde están los restos de quienes os concibieron y les dieron la vida, la misma que sus antecesores como víctimas del Terrorismo de Estado.

 Mi principal desafío es vencer mis propias limitaciones y permanecer al margen de la mediocridad. Poco me importa cómo me recuerden en el futuro, si yo ya no estaré aquí. No me gustaría ser recordado como un mal tipo, porque no lo soy. Pero yo no decido por los demás, por lo cual quien decida caer en el chusmerío hacia mi persona, pronto comprenderá que es una situación a la cual no le doy mayor relevancia, excepto que se trate de un escrache público que ofenda mi buen nombre y honor, o la falsa imputación de un delito a través de las redes. Tengo un puñado de méritos en mi haber, pero cuando termina el día descubrís uno más del montón que trata de cumplir con sus obligaciones laborales y familiares lo mejor posible. Por supuesto, nunca viene mal que alguien nos elogie o nos felicite por algo puntual, es una pequeña caricia en medio del camino, quizás, en la búsqueda de un objetivo que depara varias dificultades: La pandemia nos enseñó que no queda otra alternativa que no sea perseguir la ambición por crecer y reinventarse en todo sentido. Y, lo más importante, aprender que somos útiles para poder realizar una tarea, desde cortar el pasto hasta escribir una novela.

Es clave comprender que no todos contamos con las mismas habilidades, y –como mencionaba antes-aceptar nuestras limitaciones no implica una resignación o una claudicación. Creo que, saber que hay cosas que no podemos hacer del todo bien, nos evita incurrir en un papelón o en un estropicio. Es posible intentarlo de nuevo, pero sólo si la relación entre riesgo y beneficio vuelca la balanza a favor de este último “ingrediente”. Nos estamos viendo pronto. Punto final.


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