Ultimos días de marzo,
un ciclo que en la percepción popular se hace mucho más largo que sus
antecesores. Es la primera vez en mucho tiempo que llego con la plata justa, y
digo esto sin haber hecho gastos desmesurados, al menos que yo recuerde. No
queda otra alternativa que ajustarse en lo que resta del mes y esperar a que
llegue el momento de realizar las cobranzas de abril. Hubo algunos imprevistos:
En teoría, ya debería haber percibido la liquidación de un programa de empleo
al que estoy adherido, pero eso no sucedió y no hay ninguna estimación de la
fecha de pago. Esta situación terminó de complicar aún más mi bolsillo, pero no
hay mucho que pueda hacer, esa es la realidad. Lo último que se me ocurriría
hacer sería sacrificar mis ahorros, salvo que se trate de una necesidad
urgente. Creo que un primer paso para organizarse mejor sería separar el dinero
para los gastos fijos (canasta básica, monotributo, impuestos, honorarios de
consultas médicas, etc.) y ver las posibilidades que hay de ahorrar, como
mínimo, un 10 %. Hablando de porcentajes, Arba no me ha reintegrado aún ni un
centavo del 5 % que hasta el día de hoy me sigue descontando por las
transferencias que recibo en billeteras virtuales. Hoy por hoy, casi todo el
mundo se maneja de esa manera, depositando o transfiriendo, y el fisco, ni
lerdo ni perezoso, encontró un curro fácil para hacer caja con los ingresos de
los bonaerenses. Todo esto empezó los primeros días de enero, ya estamos casi
en abril, y hasta ahora no tengo novedades de que me vayan a devolver todas las
retenciones que me hicieron durante ese período. Por supuesto, esta situación
no es culpa de los clientes que uno tiene, así que no les podés aumentar una
publicidad diciéndoles que Arba te está descontando un porcentaje. No me parece
correcto proceder de esa manera, más allá de que algunos lo consideren un
motivo valedero.
El domingo
tuvimos una lluvia torrencial, que hasta las primeras horas de la tarde había
superado los 50 milímetros. Hacía falta, sin duda, porque en las últimas
semanas la tormenta estuvo amagando pero nunca se concretaba el aguacero que
pronosticaban los meteorólogos para esta zona de la Provincia. Hoy, lunes, el
cielo comenzó a despejarse, pero persiste el calor, por lo cual todavía podemos
posponer la tarea de ordenar el placard con la ropa de abrigo. Veremos qué
acontece en los próximos días. Por lo pronto, tengo la intención de retomar la
escritura más asiduamente que lo habitual, tanto de este blog como de mi
emprendimiento periodístico. Tengo la sensación de que Lobos está muy “planchado”,
pero creo que no es de ahora. Por citar un caso, desde que tengo uso de razón
se viene hablando de un parque industrial, una posibilidad que aparece cada vez
más lejana, porque ni los que estuvieron ni los que están tienen la menor
intención de contar con un predio destinado a que se instalen fábricas. Si el
impedimento es el costo de la energía, como suelen argumentar, no podría haber
otros lugares funcionando en Saladillo o Roque Pérez, por mencionar dos
ejemplos cercanos. Tampoco ha habido ningún avance para modificar y actualizar
el código de zonificación, que es vital para empezar a proyectar el futuro de
la ciudad, que ha tenido un crecimiento demográfico notable en los últimos años.
Hoy por hoy, hay viviendas que están muy cerca de determinadas industrias o
Pymes. Por esa razón, es necesario establecer una zona exclusiva para su
radicación o instalación, y delimitar la zona residencial para adecuarla al
resto de la normativa vigente. No es un trabajo que se pueda hacer de un día
para el otro, ya que requiere del consenso de todos los bloques del HCD. Pero
si se sigue dilatando, con distintos pretextos o excusas, van a pasar los años
y seguiremos sin contar con una herramienta clave para planificar el desarrollo
urbanístico del pueblo. Yo no me explico por qué nadie propone una labor seria y
ordenada sobre esta cuestión, quizás sea porque no reditúa muchos votos, pero
las consecuencias de la improvisación no tardarán en producirse, sobre todo
ante la inminencia de un desastre natural como puede ser una inundación. Los
terrenos ubicados en zonas bajas deberían requerir de un alteo u otra obra que
habilite la construcción, es una forma de permite prevenir ante el desalentador
pronóstico de un Lobos donde los anegamientos son moneda corriente. Edificar en
zonas inundables no sólo perjudica al propietario del inmueble, sino que además
implica disponer de una serie de recursos que se activan por protocolo ante una
emergencia. Es decir, un despliegue de Defensa Civil, Bomberos, Policía, y
todas las instituciones que ustedes quieran imaginarse. Yo recuerdo la última
vez que la ciudad estuvo bajo el agua, fue en agosto de 2015, hace poco más de
10 años. Una vez que pasó lo peor y que la gente comenzó a regresar a sus hogares,
todo siguió como si nada, a nadie se le ocurrió pensar que se podría haber
contado con un paliativo, y lo más decepcionante es que todo sigue “atado con
alambre”, con la precariedad de ordenanzas anacrónicas y obsoletas, que no
brindan respuesta a las demandas de la sociedad. Por otra parte, si queremos
fomentar la inversión, hay que contar con reglas claras y previsibles para que
las futuras industrias consideren la posibilidad de radicarse en Lobos.
En lugar de
malgastar el tiempo en una mesa de café, todos los opinólogos que se rascan las
verijas deberían pensar en un proyecto superador para que haya fuentes de
trabajo genuinas, y no solamente empleos precarios y mal remunerados. Aquel
vecino que gana lo justo para subsistir, no dispone de dinero para volcar en el
comercio local, es evidente que las prioridades pasen por otro lado. Si alguien
tiene una posición que le permite gastar, es una forma de contribuir al círculo
virtuoso de la economía. Una economía que, en un escenario de turbulencia,
seguirá permaneciendo estancada, porque nadie se animaría a gastar un billete
si no tiene la tranquilidad de que su presupuesto no volará por los aires. Nos
estamos viendo pronto. Punto final.
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