Ya estamos en
septiembre. Si miramos hacia atrás, a más de uno le parecerá increíble haber
arribado otra vez a la recta final del año. La verdad es que esa percepción
que tenemos del paso del tiempo constituye una evidencia más valedera que el
devenir de las hojas del almanaque. Hemos llegado a una instancia que nos deja
poco margen para el error o el cálculo: Los días comenzaron a estirarse, con
atardeceres largos e intensos que representan un preludio de lo que será el
verano en estas latitudes. Retomé las caminatas por el Parque y empecé a
activarme, pensando en que todavía nos queda la posibilidad de tener una
valoración positiva de este ciclo que nos toca afrontar. Siento que durante
agosto no pude lograr todo lo que pretendía, pero fue necesario transitar esa
etapa para arrancar este nuevo mes con otro chip, sin ánimo de buscar excusas o
pretextos para intentar justificarme. Las principales limitaciones que se
suelen encontrar parten de uno mismo, más allá de la incidencia que tengan los
factores externos. Ya hemos hablado en este mismo blog del efecto
contraproducente que provoca la queja constante, dado que nos convierte en
personas insoportables para nuestro entorno. De hecho, yo podría quejarme de
varias cuestiones que no se dieron como lo esperaba, pero prefiero postergar
esas demandas para un próximo texto. Me parece importante que podamos ser
conscientes de nuestras propias debilidades: Es el camino más virtuoso para
desarrollar una actitud que nos impulse a superarnos, a ser mejores, a seguir adelante
con renovadas expectativas.
Hace tiempo que
la situación del país no es alentadora, y a decir verdad, no recuerdo cuándo
fue la última vez que las cosas marchaban razonablemente bien. Quizás han
pasado tantos años que aquella semblanza ha quedado sepultada por el piadoso
manto del olvido. El consumo minorista sigue cayendo, la escalada de las
tarifas del transporte público impacta directamente en el bolsillo del
laburante, los sueldos no suben lo suficiente como para ganarle a la inflación,
y el Presidente se comporta como el bufón de la Corte. Claramente, sus insultos
y descalificaciones le hacen un flaco favor a la convivencia en sociedad. Y no
se trata de cuidar las formas, sino de actuar como se espera de un Jefe de
Estado. La mayoría de la gente ha tenido que endeudarse para cubrir sus necesidades
básicas, no estamos hablando de fondos buitres o especuladores. El costo de la
canasta de alimentos trepó tanto en los últimos meses, que no hay plata que
alcance para llegar a fin de mes. Para mí, la principal diferencia con los años
K es que antes había plata circulando en la calle y la gente gastaba, y digo
esto más allá de que esas variables puedan contribuir a una suba de la
inflación. Cualquiera que va a un supermercado podrá advertir que nada vale
menos de 1.000 o 2.000 pesos, por eso un billete de 10.000 fue quedando chico y
se hizo necesario imprimir un papel de 20.000 pesos. Quienes me conocen saben
que, desde mi modesto lugar, he sido muy crítico del kirchnerismo, pero esa
postura no implica darle la bendición a cualquier outsider con perfil
disruptivo que se comporte como mono con navaja.
Los primeros dos
años de gestión libertaria fueron demoledores, arrasando con el rol indelegable
del Estado y con todo lo que encontraron a su paso, dejando a miles de
laburantes en la calle, desmantelando empresas como el Correo Argentino o los
ferrocarriles, quitando subsidios, y generando una crisis sin precedentes, que
muchos optan por no reconocer mientras los números y las cuentas cierren. Lo
que quiero plantear es que se puede hacer un ajuste que contemple el costo
social de las medidas, priorizando una contención a los sectores más
postergados. Puedo mencionar, por citar un caso, a los emprendedores que tengo
como sponsors en mi portal de noticias. Casi todos me dicen que no se está
vendiendo nada, y la mercadería que ellos producen permanece juntando polvo en
una góndola, hasta que no haya más alternativa que liquidar todo cuando se
acerque la fecha de vencimiento. Va a llevar mucho tiempo revertir el
vaciamiento a la industria nacional que está propiciando este Gobierno con la
apertura indiscriminada de las importaciones. También hay que decir que muchos
industriales sacaron provecho del contexto económico durante años para cobrar a
los argentinos precios exorbitantes e irrisorios por su elevado valor. Esto no
pretende ser un reclamo ni una queja, sino un diagnóstico de la realidad. Haber
desmantelado el cepo al dólar puede considerarse una medida positiva, pero lo
cierto es que las restricciones que existían fueron concebidas para limitar la
especulación y la timba financiera. La Argentina se ha transformado en un
hazmerreír del mundo por tener como Presidente a un tipo que no puede
pronunciar dos palabras seguidas sin equivocarse, y mucho menos dar un discurso
coherente. A pesar de todo, lo más probable es que Milei termine siendo
reelecto en 2027, con lo cual podemos pronosticar que el saqueo y la malaria
continuarán por varios años más. Los jubilados siguen cobrando un miserable
bono de 70.000 pesos, y no hace falta ser un economista para comprobar que esa
plata no alcanza para nada. Si tienen que hacerse cargo del costo de su
medicación, ese solo ítem se vuelve inviable con el valor del bono. La premisa
para el futuro del país, a mi modo de ver, debe ser un punto medio, cuidando
las cuentas públicas y el superávit, pero no a costa del desfinanciamiento de
la clase media, y a esta altura yo no estoy dispuesto a sacrificarme y
ajustarme el cinturón una vez más para que la casta, de la cual tanto reniegan,
se siga enriqueciendo con la teta del Estado. Nos estamos viendo pronto, y
ojalá que lo que resta de 2026 nos brinde más motivos para sonreír. Punto final.
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