2 de mayo de 2022

Los primeros empleos que tuvimos: Cada persona tiene su propia historia

Lunes por la noche en la ciudad. Ayer fue el Día del Trabajador, y casi inevitablemente, no pude evitar recordar mi historial laboral. Laburo desde que tengo 20 años, más de la mitad de mi vida. Claro que, al principio, no era full time, 8 horas o nada parecido. Mentiría si dijera algo así. Empecé dando clases de Inglés en escuelas públicas, aún sin tener el profesorado hecho, porque en esa época no había muchos profes recibidos y el sistema te permitía ejercer. Siempre aclaro que ejercí la docencia, no soy docente ni creo que lo vaya a ser en un futuro. Pero esa es otra historia. Tenía 20 años, plena juventud, y ganas de ganarme mi propia plata, que en los comienzos usaba para solventar los gastos de cualquier pibe de clase media a esa edad, como ir al boliche, comprarme algo de ropa...bueno, de más está decir que aún en esos años, la guita mantenía un valor, y no había tanta distorsión de precios. Estuve más de 7 años dando clases en distintas escuelas, y en algunas la pasé realmente mal, no por los directivos solamente, sino porque llegaba a mi casa hecho una piltrafa, casi afónico, y con la amarga sospecha de que mis alumnos no habían entendido nada (o no quisieron hacerlo) de los contenidos que me dispuse enseñar durante 90 minutos frente al aula. 

Pero bueno, lo hice, y todavía hoy muchos de esos chicos que hoy ya pasaron la adolescencia, me recuerdan. Hasta ahora, cuando nos encontramos en la calle, nunca me han dicho que se hayan sentido mal en el aula. En las escuelas rurales fue donde más cómodo pude desempeñarme, porque había menos alumnos en cada curso y por lo ese motivo no se prestaba tanto para la joda. Por eso, rescato que hubo etapas dentro de la enseñanza en que me pude sentir a gusto y dar cada clase con una buena recepción de los estudiantes que me tocaron en suerte. 

En fin, paralelamente, durante ese período de 7 u 8 años, entre 2000 y 2008, digamos, también pude hace lo que más me gusta y que continúo hasta la fecha, que es el periodismo. Trabajé en muchos medios, aunque sus propietarios pretendan hacerse los boludos si alguien les pregunta. Y laburé siempre en negro, debo decirlo, hasta que decidí hacerme monotributista y empezar un emprendimiento propio. Sin la ayuda de mis padres, nada de eso hubiera sido posible. Sobre todo en el caso de mi viejo, que tenía más conocimientos de informática. Invertimos guita para tener un equipo fotográfico que en aquel momento era uno de los mejores de la ciudad, lanzamos un diario digital (el segundo de Lobos por orden de aparición), y le dimos contenido. Lamento que, con tanto cambio de equipos, reparaciones y formateos varios, muchas de esas fotos de archivo que teníamos se hayan perdido. Por eso, desde hace un tiempo a esta parte guardo todo lo que puedo en pendrives, ya tengo tantos que no sé qué contiene cada uno, por no mencionar el hecho de que también guardo los programas de tele ahí. 

La televisión, tan lejos y tan cerca. Aunque se trate de un canal de cable, nunca pensé que me llegaría la oportunidad. Todavía hoy, cuando veo el primer programa, me doy cuenta de que fue un "desastre" comparado a lo que pude aprender con el tiempo. En la tele, no podés ser demasiado gestual porque se nota muchísimo.Ya llevo tres años haciendo televisión, y la verdad es que nunca he tenido un disgusto, o al menos no de la magnitud que me venga a la memoria en este momento. Jamás se censuró a ningún invitado, cada uno tuvo la posibilidad de decir lo que quisiera, y esa ha sido la premisa, porque no le puedo impedir a alguien que hable de tal o cual cosa. Casi sin darme cuenta, pasé además a hacer producción periodística para TV. Llamar a los posibles invitados, acordar fecha y horario, algunos temas puntuales a tratar... parece sencillo, pero no todos están disponibles para el horario estándar de grabación, y trato de llegar a un acuerdo siempre que mi amigo Lucas, que está detrás de las cámaras y de la operación técnica, pueda hacerlo. El programa sólo se vio interrumpido durante algún mes de verano, y también en los momentos más difíciles de la pandemia, porque no podíamos garantizar la integridad y la seguridad mía y de nuestros entrevistados. Pero volvimos, y ahora hablo en plural, porque no soy sólo yo quien está detrás de todo esto, sino la empresa, y todos quienes hacen la puesta en el aire de cada ciclo. 

Nunca me echaron de ningún trabajo, cuando la cosa no iba bien y no estaba convencido de seguir con algo que no me servía (o a lo mejor la parte patronal pensaba de la misma forma), renuncié. Tuve (y tengo) momentos con poco dinero en el bolsillo como cualquiera. 

Ahora que lo recuerdo bien, una sola vez me echaron de un laburo al cual le dediqué lo mejor de mí, y creo que lo que el propietario de ese medio intentó hacer al dejarme cesante (estando en negro), fue ahorrarse la plata que debía pagarme por mis servicios. Me asesoré y pensé en iniciar un juicio laboral, tenía todas las cartas a mi favor, y creo que si lo ganaba, a ese tipo lo hubiera dejado en calzoncillos, pero llevaba un promedio de 2 años (según me dijo un abogado), y no tenía ganas de renegar con esas constantes idas y venidas de cartas documento. Llegamos a un acuerdo con esa persona que me cesanteó, me pagó un dinero que el aquel momento me servía, y listo. Vuelta de página, a otra cosa. Como la vida misma.

Y hoy, al igual que todos los días del año, sigo trabajando como siempre, quizás habrá quien no esté conforme con mi laburo, pero como soy yo mi propio jefe, no le tengo que rendir cuentas a nadie, excepto al Fisco. Nos estamos viendo pronto. Punto final. 

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