Arrancamos un nuevo fin de semana largo. Es inminente la visita del Papa, un evento que genera mucha expectativa incluso para aquellas personas que no se consideran creyentes. El pontífice llegará al país en un contexto de desintegración del tejido social, un fenómeno que se ha acentuado en los últimos meses ante el agotamiento del modelo que propone Milei. Un presidente agresivo, intolerante, patotero, e insensible hacia los sectores más vulnerables, recibirá a un emblema de la paz y de la reconciliación. La decadencia argentina es de larga data, se viene dando desde antes de la irrupción de los libertarios en el mapa político. Pero lejos de revertirse, se fue acentuando, con la caída de la producción industrial, las bajas ventas en los comercios minoristas, y el deterioro del poder adquisitivo. Quienes vivimos en el Interior podemos advertir la falta de liquidez con sólo observar en una hora pico a los locales comerciales, que permanecen vacíos esperando la llegada de algún cliente. El auge de las importaciones ha provocado un efecto devastador en la industria nacional, con el arribo constante de containers repletos de baratijas de China. No recuerdo cuándo fue la última vez que podíamos afirmar con convicción que estábamos bien, que la plata alcanzaba, que estábamos orgullosos del mandatario que nos representaba. Bajo el pretexto de que “no hay plata”, este gobierno se dedicó a perpetrar un desmantelamiento del Estado, arrasando con todo sin ningún tipo de miramientos, ensañándose con los discapacitados y los jubilados con una crueldad y un cinismo sin precedentes. Este es el país real que el Papa tendrá oportunidad de conocer. Cada vez más personas consumen antidepresivos, ansiolíticos, y otros psicofármacos, porque la crisis ha impactado de lleno en su salud mental y se ven imposibilitados de llevar una vida normal en caso de no contar con la medicación adecuada. Hasta hace unos años, los pacientes no recibían un diagnóstico adecuado, por lo cual tenían que lidiar con la depresión, la ansiedad, y el desgano por el resto de sus vidas. Pues bien, eso ha cambiado, y el sistema de salud público se fue adaptando sobre la marcha a esta demanda creciente de una sociedad enferma e hipermedicada, con una adicción al celular y a las redes sociales que se han convertido en la principal amenaza a los vínculos personales. Muchos analistas sostienen que la pandemia fue un punto de quiebre, y a partir de allí nada volvió a ser como antes. Pero lo cierto es que ya transcurrieron 6 años y todos hemos hecho un esfuerzo por seguir adelante con nuestras vidas, incluso aquellos que sufrieron la pérdida de un ser querido a manos del COVID.
A título personal, debo decir que últimamente me está costando sentirme como yo pretendo, que no es ni más ni menos que disfrutando de un trabajo que elegí voluntariamente desde hace más de 20 años. Sin ir más lejos, ayer me sentía rehén de una ansiedad que no podía explicar, me refiero a que no había un motivo que objetivamente me permitiera descubrir por qué me estaba sucediendo lo que me sucedió. Pero, a pesar de todo, me obligué a cumplir con mis obligaciones y compromisos, lo cual implica que me obligué a salir a la calle a entrevistar gente, sacar fotos, todo aquello que es inherente a mi rutina. No me imaginaba pasar el resto del día tirado en la cama y mirando el techo. De hecho, es algo que trato de evitar incluso si tuviera algunos momentos de ocio. Cuando cumplí con todo lo que tenía pendiente por hacer, lo cual implica dedicar muchas horas a la edición de los textos y selección de las fotos, la ansiedad bajó, y ya para ese entonces el día iba llegando a su fin. Otro día perdido, como reza el programa de Pergolini. Realmente es muy difícil aprender a manejar la ansiedad, sobre todo cuando te bloquea, te dificulta reaccionar, y te quiere llevar a asumir una actitud pasiva, que a su vez te coloca en una posición de víctima.
Todo esto lo puedo expresar con naturalidad porque si hay un aspecto en que la sociedad ha avanzado, es la salud mental. Como mencioné en otro post, que se haya comenzado a hablar abiertamente y sin prejuicios del tema representa un salto evolutivo notable. Hasta hace dos o tres décadas, la solución más fácil a la se apelaba era la de una internación psiquiátrica, que, por otra parte, tampoco garantizaba ni garantiza la recuperación del paciente. La nueva normativa sobre salud mental avanzó en ese sentido, para facilitar los tratamientos extramuros, y posibilitar que los pacientes sean ambulatorios, sin tener que permanecer confinados casi toda su existencia a una cama de un hospital que tampoco reunía las condiciones de una persona que presenta una patología de esa índole. Si vamos al caso, la internación (a mi modo de ver) debe ser el último recurso, cuando ya se hayan agotado las instancias previas y el paciente no haya respondido favorablemente ante la terapia y la medicación que le fue recetada. Por otra parte, una forma de ir fortaleciendo la red de contención es brindando espacios al estilo de alcohólicos anónimos o narcóticos anónimos, para que los pacientes con una misma problemática compartan sus vivencias y no se sientan tan solos, teniendo en cuenta el sufrimiento que a veces causa a sus familias el hecho de no encontrar la forma adecuada de poder ayudar. Es decir, que se puedan realizar reuniones o encuentros anónimos de personas con pánico, fobias, depresión, o lo que fuere, siempre con el acompañamiento de un profesional. De todas maneras, en lo que mí respecta, me conozco lo suficiente como para saber mi fortalezas y debilidades. Si yo ayer hubiera optado por lo más fácil y me quedaba en mi casa pese a que estaba pasándolo mal, permanecer entre cuatro paredes no me hubiera aliviado en absoluto. Y si yo no laburo, nadie lo va a hacer por mí. Esa responsabilidad indelegable hizo que tuviera que esforzarme para salir donde la noticia lo requiriera, y una vez que lo hice, me di cuenta de que había obtenido un pequeño triunfo: El trabajo iba a estar hecho como debe ser, con respeto a los lectores. Fue así como, paulatinamente, luego de varias horas como bola sin manija, la ansiedad, el estrés, y el miedo exacerbado fueron quedando atrás. Por eso sigo yendo a caminar al Parque o a donde fuere: No siempre me gusta la idea de tener que sudar una hora dando tres vueltas bajo el rayo del sol, pero comprendí que vale la pena si te ponés a pensar en lo bien que te sentís después al haber hecho algo por vos, por tu propio bienestar. A la mayoría de la gente no le gusta tener que ir a un gimnasio a entrenar, pero la experiencia me dice que es otro hábito que te recompensa al darte más energía y motivación para encarar cada día.
Para finalizar, no caigamos en la trampa que querer culpar a los demás de todo lo que nos pasa. Seguramente ha habido personas que nos han perjudicado porque eran tóxicas o manipuladoras, pero si a todo lo que te pasa pretendés encontrarle una explicación desde ese lado, te estás colocando en el lugar de víctima. Es mejor entenderlo a tiempo, antes de que ya no quede nadie por culpar y te des cuenta de que te estuviste engañando para esconder la basura debajo de la alfombra. Sigamos buscando nuestra mejor versión, con constancia y perseverancia, pero por sobre todas las cosas, con temple, que es la virtud de mostrarse inmutable e indiferente ante cualquier intento de agresión. Eso hacían los estoicos, y tan mal no les fue. Ellos fueron los seguidores de una escuela filosófica fundada en Atenas, pero sus principios se mantienen inalterables hasta el día de hoy. Otra buena razón para volver a los libros. Nos estamos viendo pronto. Punto final.
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