21 de octubre de 2015

El duro y apasionante oficio de escribir


Miércoles de mediodía en la ciudad, con mucha actividad proselitista. Hay gente que piensa que ser periodista en un pueblo chico es una tarea relativamente sencilla: permítanme decirles que es todo lo contrario. Uno está mucho más expuesto, el tipo al que criticaste o cuestionaste te lo podés cruzar tranquilamente por la calle y necesitás los huevos suficientes para sostener todo lo escribiste y ser consecuente con tus palabras. Además, la labor del periodista no se reduce sólo a cubrir conferencias de prensa: hay que rescatar lo que realmente vale la pena publicar, seleccionar los textos, editarlos, hacerlos comprensibles para el lector, y que resulten esclarecedores. Y esto va desde un torneo de tejo hasta una primicia que pone en vilo a la comunidad. Para el caso, es lo mismo, porque si el mensaje no es claro, no sirve dado que no tiene llegada. Hay que escribir para un público amplio, no estamos en el diario La Nación o en El Cronista, que se permiten utilizar cierto vocabulario apuntando a un determinado sector de lectores. Los periodistas de pueblo hacemos lo mejor que podemos, al menos yo, por evitar caer en "lugares comunes", en cosas que la gente ya sabe o conoce, y aportar algo nuevo. La información debe contener algo nuevo, de lo contrario no tiene sentido leerla, es como leer el diario de ayer. Y en el fragor de la camapaña política, hay que ser mesurado, pero no por cobardía, sino porque uno asume una postura independiente y deja que los candidatos hablen o se expresen. En este caso, son ellos los protagonistas. No podemos (o no debemos) tomar partido por una determinada posición, ya que eso queda a criterio de los lectores. Así me enseñaron y así debe ser. Tenemos la posibilidad de redactar una columna de opinión o una nota editorial si queremos dar a conocer nuestro pensamiento, pero me molesta cuando se quiere confundir a la gente y se editorializa desde una noticia. Esto va en contra de todas las reglas básicas del periodismo. Hay un espacio y un lugar para vertir opinión, donde el periodista firma su nota y se hace cargo de lo que dice. 

Otra cosa que en particular me molesta (y a los lectores también), es la excesiva adjetivación: no todo es "sensacional", "espléndido", "espectacular", o "importante". La crónica debe estar despojada de calificativos, y será el lector quien juzgue si ese evento que se anuncia o informa reviste importancia o no. Por supuesto que nadie puede ser enteramente objetivo, y el hecho de calificar algo con un adjetivo no es motivo de condena para nadie. Cada periodista tiene su estilo, su forma de escribir, su impronta, lo cual no está mal. No se trata aquí de cuestionar a otros colegas, de Lobos o de afuera, sino de reflexionar que la responsabilidad de informar es mucho más importante que lo que la gente supone. Nosotros ponemos la cara y tenemos la libertad de expresarnos como cualquier vecino, con la diferencia que lo hacemos en un medio de comunicación y no en una mesa de café. He aquí la diferencia entre quien opina en cualquier lado y quien escribe para difundir información de interés público. Punto final.

Barco a la deriva

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