11 de septiembre de 2020

Derribando muros con un martillo

Llegó el fin de semana. Ya sabemos que todos los días nos parecen iguales, pero de todos modos buscamos ponerle la mejor onda. A veces nos volvemos introspectivos: Nos encerramos en nosotros mismos, nos preguntamos por qué nos está pasando esto, y no hallamos respuesta. Ya no importa cuánta plata tengas, porque el COVID no hace distinción de billetera. Me preocupa la cantidad de casos que se registran diariamente en Lobos, y esto no lo digo ni siquiera como periodista, sino como vecino. No quiero vivir en una ciudad sitiada, pero tampoco en una población donde rige el vale todo y esos tipos que se creen Superman nos exponen a un contagio de la manera más estúpida. Creo que las autoridades municipales deben poner las cartas sobre la mesa y hablar con franqueza, pues fueron ellos quienes propiciaron nuevas habilitaciones cuando el sentido común indicaba lo contrario. Pudo haber sido un ensayo, una suerte de "prueba y error", pero con los números de cada día, ya es momento de volver a dar marcha atrás, aunque sea antipático decirlo. 

Más de una vez he tenido que regresar a mi casa por olvidarme el barbijo, ya que era un hábito que no tenía incorporado. Pero es normal que suceda: Así como uno antes se olvidaba las llaves, ahora extraviamos otras cosas. Estamos ante una  realidad que nos interroga y nos interpela buscando descolocarnos, pero que a menudo nos hace reflexionar porque los hechos van decantando: caen en cuentagotas, como un folletín de novela. Razón por la cual la sensación de estar cargando con una mochila demasiado pesada, cada día es una gotita más que se va sumando y que pone a prueba nuestra capacidad de lidiar con la adversidad. Nadie se va a olvidar de 2020, no por motivos precisamente gratos. Entre mis próximos objetivos, está el lograr la puesta en valor de mi emprendimiento periodístico: si bien es un medio que la gente lee, necesito hacerlo más rentable. Otra meta tiene que ver con la creatividad, que aún no he desarrollado del todo porque siento que estoy encerrado en una jaula. Ayer me puse a leer una nota sobre la Gran Depresión de 1929, que afectó a casi todos los países desarrollados, sobre todo a EE. UU, con índices de pobreza y de desempleo récord. No me pregunten cómo, pero los yanquis salieron adelante. Nosotros tenemos el recurso humano para poder conseguirlo, lo que nos hace falta es ser claros y precisos en lo que pretendemos alcanzar. 

Yo en estos meses hablé mucho de la necesidad de reinventarse, y después de di cuenta de que no es tan fácil como parece. Hay estructuras que permanecerán en pie y otras que dejarán de existir. De hecho, es un proceso que está ocurriendo ahora, pero cuyas consecuencias vamos a advertir mucho después. De nada sirve poner énfasis en la conectividad y el acceso a Internet, si hay gente que se está cagando de hambre. Llevará por lo menos cuatro años recuperar la economía, si se implementan medidas concretas para hacerlo. Ese es el tema, dar con el diagnóstico que marcan los números y actuar rápido, tan pronto como la pandemia termine. Y mientras tanto, hay que continuar asistiendo a los sectores más vulnerables, algo que no debe ser objeto de críticas en un contexto excepcional. Nos estamos viendo pronto. Punto final. 

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