27 de diciembre de 2007

Otro año que se nos escapa como arena entre los dedos



He aquí con ustedes un nuevo post antes de fin de año, antes de que concluya este maldito 2007. Por alguna extraña razón siempre me ha ido mejor en los años pares -o, mejor dicho, aquello que terminan con número par- que en los impares. Quizá se trate de una estúpida superstición, o de una mera coincidencia, no lo sé. Pero tengo gratos recuerdos de 1996, 1998 y 2000, por ejemplo, cosa que no sucede con los años intermedios. De todas maneras, ¿qué son los años, sino una manera que ha inventado el hombre para medir el tiempo?
Como he dicho en otro post, a este blog ingresa mucha gente que ni siquiera me conoce, y por ese motivo se ha vuelto un poco impersonal. Me tomo en serio la tarea de redactar un texto en este espacio, si bien me permito ciertas licencias que en otro medio no serían posibles. Este blog nació del deseo de luchar contra las cosas que me hacen mal, y porque no soportaba que las ideas me dieran vueltas por la cabeza y nunca aparecieran escritas en ningún lado. La idea original de este espacio fue dar a conocer mis pensamientos sobre hechos que no suelen ser de estricta actualidad, dado que éste no es un blog informativo o periodístico.
De vez en cuando hago estas salvedades porque con el auge de Google es natural que alguien ingrese acá mediante ese buscador por haber tipeado una palabra específica y se lleve una decepción (les aconsejo acotar la búsqueda, de esa forma evitarán pasar por este blog y tendrán más éxito en su cometido).
No pensé que iba a redactar texto alguno inmediatamente después de Navidad, dado que me pone de mal humor, pero aquí me tienen, "firme junto al pueblo".
Que el blog tenga más de dos años de vida no es casualidad. Escribo cuando realmente quiero hacerlo, o bien cuando me doy cuenta de que he pasado demasiado tiempo sin actualizarlo.

Es irónico. Soy de los que creen que las personas no cambian. En esencia, son como son. Pero también es cierto de que uno constantemente está cambiando, fluctuando, a veces en una dirección opuesta a la de la masa, a veces siguiendo al rebaño. Los cambios existen, son reales, pero difíciles de percibir en un corto plazo. Pero cuando alguien por la calle nos para y nos dice "¡Cómo cambiaste!" o "¡Qué cambiado que estás!", ahí es donde nos cae la ficha. Y sobreviene la pregunta, inevitable: ¿Cambié yo, o cambió la forma que tenía de verme la otra persona? ¿O cambiamos ambos y simulamos no darnos cuenta para evitar caer en la nostalgia y en el sabor amargo de la derrota inexorable contra el tiempo?

16 de diciembre de 2007

Crónica de una noche maldiciendo a Movistar

En un mundo dominado por la necesidad de estar permanentemente comunicado, hay situaciones que no dejan de sorprenderme. Desde la 1 de la madrugada de hoy (domingo), y hasta las 15 aproximadamente, los usuarios de Movistar se encontraron con que sus móviles no tenían señal. ¿La razón? Difícil saberlo, más aún cuando la empresa no fue capaz de enviar un mensaje de texto a cada cliente a modo de disculpa, explicando el inconveniente. La penetración de la telefonía celular en la vida cotidiana es tal, que muchos de los que habíamos salido el sábado a la noche a recorrer el circuito de bares y boliches (bastante reducido por cierto) nos vimos impedidos de acciones tal elementales como concertar un punto de encuentro o avisar a nuestros familiares que estábamos bien, ante la inquietud de éstos por los desmanes y los actos de violencia que ya son moneda corriente los fines de semana.
Me sentí estúpido al advertir mi frustración por no poder enviar un mensaje de texto a un amigo, dado que el teléfono me lo rebotaba una y otra vez. Y casi sin proponérmelo, pensé en cómo era mi vida hace dos o tres años, cuando la idea de tener un celular me era totalmente ajena a mis convicciones. Y descubrí, con desagrado, que nos imponen permanentemente "necesidades", objetos de consumo de prometen darnos la receta de la felicidad, resolvernos la vida, o al menos hacérnosla más cómoda, cuando en realidad sucede todo lo contrario.
También fue en ese momento cuando me di cuenta del valor del teléfono público, para casos en los cuales el celular se niega a cumplir con su función específica por culpa de la ineptitud de las empresas. Con una simple y devaluada moneda de 25 centavos podemos traer tranquilidad a quien se preocupa por nuestro paradero o bien explicarles a nuestros amigos dónde y a qué hora nos encontraremos para salir.
La campaña sistemática de desprestigio de los teléfonos públicos, orientada a hacerlos ver como objetos obsoletos y anacrónicos, es una canallada que no sería aceptada en ningún país desarrollado, donde cumplen una función vital.
Abandonados a su suerte, presa fácil del vandalismo y de la agresión impune, los teléfonos públicos resisten como pueden la feroz competencia de los locutorios y de la telefonía celular.
Estoy convencido de que mi vida no cambiaría demasiado si de un día para otro tuviera que prescindir de mi celular (toco madera para que eso no suceda). Por supuesto, al principio extrañaría la comodidad de poder llamar a alguien desde cualquier lugar, o de lograr acordar una cita con un simple mensaje de texto. Pero a la larga, no es más que una nueva necesidad que la sociedad de consumo ha logrado instalar con éxito, con una campaña publicitaria vergonzosa y un marketing bien estudiado para seducir a las muchedumbres.

14 de diciembre de 2007

Para novedades, los clásicos


¡Al fin viernes! Creo que, para la mayoría de la población económicamente activa, el viernes tiene un sabor especial. Incluso para aquellos que por esas cosas de la precarización laboral (o por la naturaleza misma de su profesión) se ven obligados a trabajar sábado y domingo. De hecho, me atrevería a afirmar que el viernes es el día que más me gusta de la semana, superando al sábado, con su oferta de discotecas, bares y el consecuente encuentro con amigos.
Estoy empezando a ver más películas que de costumbre, razón por la cual aprovecho los fines de semana para "llenar el cuenco de mis ojos", como diría aquella canción de La Renga. Pero en este momento no me seducen los estrenos, o el cine comercial. Y quiero aclarar que no lo digo con ánimo peyorativo. No soy un snob, y el cine comercial bien hecho y que no subestime al espectador me parece muy bueno.
Aprovechando que ahora muchos quioscos ofrecen películas (legales) en DVD, sobre todo clásicos, me estoy nutriendo de un material de una riqueza invalorable. La injustamente olvidada "Tener y no tener" (1944), inspirada en una novela de Ernest Hemingway, con guión del propio Hemingway y de William Faulkner. Todo un lujo: dos premios Nobel escribiendo el guión de una película que la crítica de su momento no supo reconocer del todo, por sus similitudes con "Casablanca". En la actualidad, de 1 a 10, está calificada con un puntaje de 8,1 por la Internet Movie Database.
O qué decir de la siempre vigente "Doctor Zhivago" (1965), basada en la obra del novelista ruso Boris Pasternak, con una actuación antológica del egipcio Omar Sharif. Este film es de un valor artístico notable, pero no es apto para ansiosos como yo. Se hace demasiado largo y tedioso por momentos. Al final, como el DVD era original y necesitaba la  plata en un momento dado, lo vendí. No me arrepentí demasiado, porque sabía que no soportaría ver la película completa nuevamente.

Debo reconocer antes tenía un prejuicio con las películas en blanco y negro. Las consideraba anacrónicas, viejas, obsoletas. Y quizás, lo sean, pero en ello reside el encanto. Las dos grandes fuerzas que rigen el destino de la humanidad, el amor y el dinero, siguen siendo las mismas que hace 60 años. Por eso es que los planteos que proponen estas joyas de la edad de oro del cine nos siguen pareciendo válidos.
No soy un cinéfilo y probablemente nunca lo sea. Tampoco ayuda el hecho de que en la actualidad no haya un cine en Lobos que proyecte películas para un público maduro y adulto. Se limitan a pasar películas infantiles, lo cual no me parece mal desde el punto de vista comercial, porque los ingresos que genera en boletería son mayores. Pero lo concreto es que los que vivimos en los pueblos chicos hemos perdido el hábito de ir al cine. No es algo de lo que me lamente, por el contrario. No creo en la "magia" del cine. Puedo ver una película cómodamente en mi casa, con el DVD, que ofrece una óptima calidad de imagen, sin nadie que tosa o estornude a mis espaldas, y si quiero ir al baño o suena el teléfono basta con poner el botón de "pausa" y luego puedo continuar viendo la película sin ningún problema.
El costo es menor también, dado que pueden reunirse un grupo de amigos a comer una pizza y a disfrutar de una película, que para mí es una de las cosas más lindas dentro de la sencillez que ofrecen los escasos recursos de la sociedad post-devaluación.

11 de diciembre de 2007

La era de Cristina ha comenzado

Hay momentos (efímeros, pero momentos al fin) en los cuales uno siente un dejo de confianza. Confianza en qué, me preguntarán ustedes. En uno mismo, en las instituciones, en el Gobierno, en la sociedad, en la palabra empeñada. O incluso en asuntos más banales, como en el sabor de la Coca Cola. A la hora del consumo el argentino es "marquero" por naturaleza porque establece una relación de confianza con el producto que adquiere. Confía en que el bizcochuelo marca X saldrá esponjoso, confía en que la leche marca Z alimentará y proveerá de los nutrientes necesarios a su hijo.
Pero me estoy yendo de tema, como es habitual en mí. Ayer seguí atentamente el discurso de asunción de Cristina K. Dicho sea de paso, me gusta ver las ceremonias de traspaso de mando, todo el ceremonial tiene para mí un encanto al cual no le encuentro explicación. El discurso me pareció concreto, inteligente y atinado, más allá de algunas apreciaciones que yo hubiera dejado al margen. Como era de esperar, no hubo reproche alguno para su esposo, el presidente saliente, cuando lo que se podría haber esbozado era una modesta autocrítica o al menos hacer alusión a las "asignaturas pendientes", que sin duda las hubo.
El párrafo dedicado a Tabaré Vázquez por el tema de las pasteras fue largamente debatido por los opinólogos de turno, pero creo que estuvo correcto. ¿O acaso debemos darle una medalla y hacerle una reverencia a Vázquez porque haya decidido asistir a la asunción? De hecho, era lo menos que podía hacer el uruguayo si quería mejorar las relaciones bilaterales.
Cristina K. probablemente me decepcione en un corto plazo, como lo han hecho todos los presidentes argentinos desde que tengo uso de razón. Pero si no le doy un voto de confianza en sus primeros meses de gobierno, me sentiré culpable. Parece que no, pero los argentinos nos regodeamos con el cataclismo, con "tocar fondo", con el fracaso ajeno que de algún modo sentimos como propio. ¿Somos masoquistas o qué? Esta mujer ya es Presidente, y lo seguirá siendo mientras no se enfrente con la "patria sindical". Porque donde te metés con Moyano y sus muchachos, te terminás yendo de la Casa Rosada en helicóptero.

9 de diciembre de 2007

Cada cosa en su lugar

Si lo comparamos con el 2006, este año posteé poco. No sé exactamente a qué motivos atribuir esta magra cosecha. O quizás sí lo sé, pero éste no es el mejor lugar para decirlo. Ahora, esa idea, de los lugares, hace dato que me da vueltas por la cabeza: ¿hay lugares para decir determinadas cosas? Uno intuye que sí, y que ésa es la base de la sociedad moderna. Delegar, deslindar, distribuir (verbos tan comunes hoy en día) nuestras acciones en sitios que se me antojan infinitos. El Estado, sin ir más lejos, es un monstruo lleno de secretarías, subsecretarías, ministerios, institutos culturales, infinitas oficinas y pasillos que ni el inefable Borges hubiera logrado imaginar.
Las charlas con los amigos, esos encuentros para compartir confidencias, problemas, los dolores de vivir, hay sido sustituidas por el consultorio del psicólogo. Obviamente, una cosa es un problema y otra es una enfermedad mental que no se soluciona con la buena voluntad de un amigo. Pero piensen en esto: el mundo está plagado de lugares específicos para hacer determinadas cosas. Y la tendencia va en aumento. Algunos los tenemos tan incorporados a nuestra rutina que ya nos parecen que hubieran existido de toda la vida:
- La sala de espera
- El probador de la tienda de ropa
- El living, sala de estar, o salón de visitas de los hogares más pudientes
- La habitación de huéspedes
- Los salones de "usos múltiples" (???), más conocidos por la sigla "SUM"
- Los salones de convenciones
La lista podría seguir, pero me imagino que mientras ustedes leen estas líneas están pensando en más lugares a los que acudimos automáticamente porque se espera que en ellos hagamos determinadas cosas.

Reflexiones de un domingo por la mañana


Si bien soy periodista y ejerzo mi profesión con la mayor responsabilidad, el blog me permite soltarme un poco. Esto implica hacer comentarios livianos cuya naturaleza no permitiría su publicación en ningún medio periodístico que se precie de tal. Desde siempre tomé conciencia que este blog es muy heterogéneo -y los que consulte el archivo así lo podrán constatar- en cuanto a los contenidos. Como nunca tuve falsa modestia, estoy convencido de que muchos textos de mi autoría podrían ser publicados en los principales diarios del país o en revistas culturales, pero por esas cosas de la vida el lugar que yo quisiera ocupar en esos medios lo ocupan otros, como la señora Beatriz Sarlo, que hasta no hace mucho ejercía una subestimación casi sistemática de sus lectores desde la revista Viva. Ante todo, quiero dejar en claro que no pretendo compararme con una persona del nivel de Sarlo, sería un necedad de mi parte. Volviendo al tema de la revista de Clarín, ella misma reconoció (palabras más, palabras menos) que tenía que "bajar el nivel" de los artículos que escribía para adaptarse al público que lee Viva. El público de Viva no capta las ironías, el sarcasmo, el humor ácido con el que supuestamente se regodean los intelectuales. Lo cual nos obliga a replantearnos una serie de cosas hacia los autodenominados intelectuales: ¿Quién les dio el rótulo de intelectuales? ¿En virtud de qué se creen depositarios de una inteligencia superior? ¿No puede usar un celular, ver televisión, comer una pizza, o cualquier actividad que implique distensión porque ello amenaza seriamente su prestigio de intelectuales? Sé que en esto último estoy exagerando, pero me dá esa impresión. ¿Por qué, en las entrevistas, en las fotos, aparecen con el gesto adusto, perturbados, como si estuvieran en un estado de permanente insatisfacción? Nosotros no podemos dedicarnos al trabajo de "pensar" como dedicación exclusiva, tenemos que sobrevivir en un mundo hostil y en estado de permanente contradicción.
He leído algunos de los libros de Beatriz Sarlo y considero que ella vive convencida de que las cosas deben ser del modo en que ella las asienta rigurosamente en su libro, no de otro modo. Obivamente, hay que tener argumentos para discutir con un intelectual, una figura que como bien menciona Tom Wolfe, tuvo su origen en Europa. En Estados Unidos no había intelectuales, y él los satiriza de un modo brillante en su ensayo "El país de los marxistas rococó" (altamente recomendable, por cierto).
El intelectual no se mezcla con la gente común (con "esa gente", dirá despectivamente). Ojo, no hay que confundir intelectualidad con esnobismo. El esnobismo es todavía peor, porque se trata de gente ignorante con dinero, que bien pueden ser "nuevos ricos" que han saltado de clase social y buscan demostrar de un modo estrafalario o grosero que han alcanzado tal condición.
Recuerdo vagamente las definiciones de "prestigio" y "estatus" que aprendí en la cátedra de Sociología, pero no quiero escribir un post con intenciones didácticas, sino simplemente lanzar algunas ideas al ciberespacio el domingo por la mañana.

El tiempo no para

"El tiempo es oro", solía decir Henry Ford, el magnate de la industria automotriz que cambió para siempre el modo de trabajar, con...