7 de septiembre de 2023

El Estado bobo va camino al desastre

 ¿Cómo no reiterarse, cuando la historia se repite? ¿Cómo ser original, cuando muchos copian? Son algunas preguntas que me hago y que no están relacionadas solamente con mi trabajo. No quiero tener la desagradable sensación de que cada día es igual al anterior. Los hábitos y las costumbres se construyen como tales a fuerza de la repetición, y no creo que sea algo que esté bueno “per se”. Ahora, si hablamos de tradiciones con un basamento cultural, la cosa cambia, porque ahí sí es básico que se convierta en algo instituido.

 Si tomamos conciencia de lo poco que queda para terminar el año, y lo que hemos podido conseguir hasta ahora, el enfoque cambia. En parte, tiene que ver con lo que mencionaba en una nota anterior. Hay objetivos que se trazan desde lo personal, y otros más relacionados a la actividad laboral. Sin embargo, todos ellos están en la misma coctelera, por lo cual hay que aprender a discernir, a fijar prioridades. Yo apuesto a mejorar en todos los sentidos. Es una lucha, que no es cruel ni es mucha, como dice el tango. Se desarrolla a otro nivel.

Entre una generación y otra hay, aproximadamente, 25 años, es decir que ya existe una generación posterior a la mía, que tendrá otros intereses o expectativas. 

Era frecuente, cuando estábamos por terminar la Primaria, que nos preguntaran “qué vas a hacer cuando seas grande”. Grande en términos de edad, obviamente. Porque creíamos en la movilidad social ascendente, en que podíamos superarnos. En mi caso, me capacité para el laburo que desarrollo actualmente, como la mayoría de los que tenían mi misma edad. El tiempo pasó, habrá quienes lograron una seguridad y estabilidad económica, y otros que no están como quisieran pero lo compensan por el hecho de dedicarse a lo que realmente les gusta hacer. Es normal que eso suceda, y a esta altura casi ni me pongo a pensar qué ha sido del destino de los otros, con los que compartimos un aula cinco años. Sé que a muchos les va bien, y me complace saber que tuvieron la capacidad y la constancia necesarias para concretar ese objetivo. A mí no me va ni bien ni mal, tengo ingresos con los que puedo vivir, pero no tengo la holgura como para gastar plata sin pensarlo dos veces. Esto ha sido siempre así, debo decirlo, más allá de qué medidas económicas se hayan adoptado en un determinado gobierno. Cada uno escribe su propia historia, su destino, en base a las decisiones que adopta. Nadie está exento de pifiarla, o de apostar al número equivocado.

Las próximas elecciones, como sabemos, presentan un panorama bastante particular. Acá no se juega “Milei o nada”, o “Cualquier cosa menos Milei”. Lo veo como una dicotomía errónea. Están quienes lo plantean de ese modo y no tengo ganas de polemizar al respecto. Pero yo me resisto a los razonamientos demasiado burdos. En principio, buena parte de lo que proponen los libertarios, es inviable aun cuando ganen, lo que están poniendo sobre la mesa como reforma del Estado llevará al menos dos años (2025). Ellos mismos lo expresan en alguna ocasión, pero no profundizan sobre los aspectos fácticos. Por otro lado, aunque arrasen en las elecciones, no tendrán mayoría en el Congreso. 

 Todos buscan llegar al electorado con dos o tres consignas que sean atractivas emocionalmente, que canalicen la desazón colectiva, y eso es lo que les ha dado un rédito en las urnas. Pero si mirás en la vereda de enfrente, lo de Massa es vergonzoso. No está haciendo el ajuste que se comprometió continuar con el FMI. Devaluó un 20 % y ese fue el “free pass” que consiguió para recibir un desembolso, pero hay dos versiones del mismo personaje. El Massa Ministro, y el Massa candidato. El otro yo. En su versión Ministro, sabe que no puede seguir congelando precios u otorgando bonos, o dando beneficios a los monotributistas. En su "versión candidato", están rascando del fondo de la olla para ver si le alcanza para ofrecer algo. Será tarea del próximo que asuma (que inclusive puede ser él mismo), desactivar la bomba. Mientras tanto, hay una falsa y precaria sensación de estabilidad que está atada con alambre. No merece la pena calificar de populismo o no a la gestión actual. No conduce a nada ponerle un rótulo o etiqueta a una forma de gobernar. De hecho, hemos tenido presidentes de corte liberal que han sido pésimos.

 Pero sí es claro que los anuncios para la tribuna, por efectistas que resulten, no tienen su correlato con las magras reservas de dólares del BCRA, sumado esto a la reducción del déficit fiscal como premisa número uno que marcó el Fondo. Tengan por seguro que esto último no se concretará.

Claro que, en el hipotético caso de que ese ajuste se consumara, lo vamos a absorber nosotros, no los funcionarios. Ese es uno de los motivos por los cuales el rechazo hacia “la casta” o “la clase política” predomina a todo nivel. Ver a un funcionario nacional con un patrimonio modesto es toda una rareza. Y las sumas que manejan no hacen más que acrecentar la indignación. Es algo que pasa en casi todos los países latinoamericanos, en mayor o menor medida: La dirigencia corrupta. Pero bastantes cabos sueltos tenemos nosotros como para compararnos con Bolivia, Perú o Brasil. Uruguay escapa a esa regla y suele tomarse como ejemplo: Es un país pequeño donde las cosas se dan de un modo normal y la transición entre un presidente y otro es absolutamente ordenada, sin sobresaltos. No tienen petróleo, ni los recursos naturales que posee la Argentina. Con esas limitaciones, así y todo, lo que significa normalidad institucional y baja inflación, es impensado verlo acá. En Uruguay no hay reelección y a ningún mandatario vecino se le cruzó por la cabeza reformar la Constitución oriental para habilitar esa posibilidad. Otro error es suponer que todo se vuelve más fácil por la escasa superficie y densidad demográfica que ellos tienen dentro de Sudamérica. No tiene nada que ver, sólo es cuestión de hacerse cargo, por eso nadie que venga a la Casa Rosada después del 10 de diciembre, puede decir que no sabía qué país iba a encontrar. Si lo sabe un ciudadano común y corriente cuando va a comprar cualquier alimento o insumo, aquellos que disponen de asesores, consultoras, y estadísticas, no pueden tomarnos por boludos.

Hasta que no se deje de meter “la mano en la lata” para licitaciones direccionadas, no vamos a avanzar más. La obra pública se paga tres veces más de su valor real, y además, es deficiente y de mala calidad. Esto se advierte claramente en áreas como Vialidad, con rutas sin terminar o que no van a ningún lado, constructoras fantasma, y negociados que implican coimas obscenas, por los montos que estamos hablando. Miles de millones de pesos, que bien podrían ir destinados a construir escuelas, viviendas, o mejorar el decadente aspecto de dependencias públicas que se caen a pedazos. Esos edificios son los que requieren prioridad porque se trata de instalaciones que son de uso corriente, como salas de hospitales, aparatología, y se podría seguir enumerando hasta el hartazgo. 

En ese punto queda fuera del debate si un candidato es de derecha o de izquierda: En la medida que continúen favoreciendo a empresarios amigos (los de antes y los de ahora), por más discursos pomposos que lancen desde la tribuna, no vamos a extirpar ese tumor que está en el seno de una democracia que no ha sabido (o no ha querido), dejar de ser terreno fértil para que cualquiera pueda manotear guita de los altos impuestos que los contribuyentes pagan, a cambio de servicios cada vez más costosos e ineficaces, sean públicos o privados. En fin, no tengo ganas de continuar despotricando, sobre todo cuando para el Estado soy un voto, en lugar de un individuo de la sociedad civil. Nos estamos viendo pronto. Punto final.

 

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