En la vida no
siempre uno obtiene lo que merece, o lo que cree merecer. Seguramente, quien
esté leyendo esto alguna vez se habrá preguntado “por qué me tocó esto a mí”.
Ya desde el vamos, cargamos con una mochila muy pesada, y no podemos evitar ver
cómo otra gente parece haber sido bendecida por el destino. Llega una etapa en
la cual nos acostumbramos a tomar decisiones bajo presión, con muy pocas
alternativas disponibles, y ni siquiera estamos convencidos de haber elegido la
opción correcta. Como no tenés muchas cartas en el mazo, lo único que podés
pensar es en minimizar el impacto. Es decir, lo que conocemos como el mal
menor. Nunca me interesó compararme con los demás, pero sí me llama la atención ver cómo otras personas pueden resolver con mayor criterio muchos de los
escollos que se les presentan. Hay gente que ha debido atravesar por muchas
pérdidas, por duelos que no dan tregua, y se hace cuesta arriba seguir adelante
y levantar vuelo otra vez. Pese a todo, tienen la capacidad de dar vuelta de página y continuar con sus vidas. Probablemente tenga que ver con la resiliencia, no
lo sé. Podemos imaginar que a dos sujetos les presentan una misma situación
problemática, y que deben decidir rápidamente, como si se tratara de un ejercicio
matemático. Cada uno lo resolverá a su modo, con las herramientas que tenga a
mano, con su propio criterio, y poniendo en contexto sus creencias y valores,
que pueden ser totalmente opuestas entre una persona y otra. Si tenemos en
cuenta todos esos factores, estamos en condiciones de comprender mejor por qué
hay gente que tiene más capacidad de afrontar y sobrellevar sus problemas.
Imaginate a
alguien que le tocó padecer una discapacidad congénita. No vamos a entrar en detalles
porque no es necesario, pero esa persona se habrá interpelado más de una vez, por
qué le tocó nacer con esas limitaciones. Hay casos de figuras muy talentosas
que desde que salieron del vientre materno tuvieron que convivir con ceguera o
hipoacusia, por citar dos ejemplos aleatorios. La sociedad sigue siendo muy
desigual, porque todo lo que fue creado (edificios, calles, automóviles,
oficinas, etc) no fue pensado para atender problemáticas que piden a gritos una
mayor inclusión. Pero, para no irnos de tema, podemos decir que es muy difícil
crecer en un contexto de escasas oportunidades hacia las personas con
capacidades diferentes. Obviamente, nadie se merece esto. Vivimos con la falsa
ilusión de que se nos recompensará por nuestras acciones, o que vamos a recibir
lo que creemos que nos corresponde. Pero nunca es así. Si vos actuás de
determinada manera, ese proceder tiene que ser lo que vos considerás que es
correcto, y esa es la única tranquilidad que vas a tener en tu conciencia. No
hay mucho más bajo el sol.
En la cultura
occidental, si vos supuestamente te esforzás, trabajás duro, y te preocupás por
adquirir nuevos conocimientos, vas a progresar. Bueno, no siempre es así, de lo
contrario, no habría ingenieros o arquitectos manejando un taxi. Los que llegan
a triunfar son una ínfima parte de todos los que tenían aptitudes para seguir
en carrera. En el cine comercial, en la industria del entretenimiento, las
historias de “perdedores” no venden. Nadie paga una entrada para ver en la pantalla a un tipo que es un desastre, un fracaso tras otro para los
estándares de las ficciones de Hollywood. No abundan las películas que
muestren a alcohólicos, ludópatas o drogadictos. Y en el caso de que los
muestren, es porque se trata de una historia de redención. Al cabo de 90
minutos de proyección, el tipo se recupera, forma una familia, se compra un
auto y una linda casa. El sueño americano al palo. En las series, es raro que
aparezca un personaje que apenas llega a fin de mes, o que lo desalojan porque
no puede pagar el alquiler. Podemos mencionar a Seinfeld o Friends. Están todo
el tiempo al pedo, tomando café o hablando boludeces. La vida real no es así.
Si tenemos que echarle agua al shampoo para que nos rinda más, imagínate lo
lejos que estamos de hacer filosofía barata en una mesa de café.
Creo que una
forma de ser más felices es aprender a aceptar lo que nos toca en suerte. Vivir
con eso, sin la envidia que nos provoca mirar el entorno, quizás porque siempre
vas a encontrar a alguien que –en apariencia- está mejor que vos. Y no hablo
solamente de guita. Hay determinadas personas que tienen bien en claro lo que
quieren y que no pierden de vista ese objetivo. Es un punto a favor: Si vos
sabés lo que querés, ya tenés buena parte del problema resuelto.
Cuando sos
adolescente, todavía no sabés qué dirección hay que seguir, vas casi en piloto
automático. Muchos pibes tienen que laburar a una corta edad, otros son
mantenidos por sus padres hasta que llegan a la adultez, cuando ya pueden pagar
sus propios gastos e independizarse. Por eso, yo no sé si sirve de algo darnos
rosca con lo que “merecemos”. Nadie merece morir solo en la cama de un hospital,
nadie se merece atravesar por una enfermedad terminal y que los médicos le
digan que ya no hay más nada que hacer. Dejémonos de joder. Si entendemos que
nuestro tiempo es limitado, y que ya no nos queda mucho hilo en el carretel,
podemos comprender la inutilidad de romantizar pavadas que están ligadas a una literatura
de autoayuda barata. ¿Nunca te pusiste a pensar lo paradójico del mundo en que
vivimos? Cada vez hay más nutricionistas que te educar para mejorar tu
alimentación, mientras hay gente que no tiene recursos ni para recibir un plato
de comida por día. ¿A vos te parece que los habitantes de Etiopía o de Zimbabue
se van a sentir mejor por leer a Bucay o a Rolón? Ellos luchan por sobrevivir.
Reciben toda la basura de los países industrializados y tienen
que vivir con eso. Los fardos de ropa usada que descartan los yanquis y
europeos van a parar allí. Todo esto nos hace pensar lo siguiente: Nunca creas
que si conseguiste algo es porque te lo merecés. Por supuesto, quizás tenga
algo que ver con tu esfuerzo, pero si podemos surfear con lo azaroso y causal,
y aprender que es parte del viaje, nos vamos a sentir liberados de cumplir con
los mandatos y expectativas. Nos estamos viendo pronto. Punto final.
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