8 de noviembre de 2012

A horas del 8-N

Dicen que la convocatoria al cacerolazo del 8-N no fue espontánea. Es rigurosamente cierto, de hecho está demostrado que determinados partidos de la oposición arengaron a sus seguidores a participar de la protesta. Ahora bien, ¿Acaso eso importa o le resta legitimidad al reclamo? Cada uno es libre de decidir si concurrir a la Plaza o no, nadie lo va a apuntar con una pistola para que vaya por más opositor que sea. Creo que la sociedad está hastiada de un Gobierno autoritario, que ha conseguido progresos o conquistas sociales (no lo niego) pero que muestra un nivel de corrupción alarmante. Basta con observar cómo se ha incrementado el patrimonio de los funcionarios desde que asumieron y cómo tratan de ocultar sus bienes con sociedades anónimas o testaferros. 

No sé si el Gobierno buscó deliberadamente fomentar la división entre los argentinos, pero sin lugar a dudas es un hecho. Por ejemplo, que un indigente vea a una persona de clase media es su enemigo, cuando es el propio Estado quien no lo asiste como merece, y no le otorga dignidad. Además, ya ha transcurrido bastante tiempo desde que Marx y Engels postularon la lucha de clases en el Manifiesto Comunista. ¡Y este Gobierno ni siquiera lo es! Una vez, conversando con un amigo, no le gustó que le dijera que estaba en contra de Fúbol para Todos. No es que me moleste la televisación de los partidos en sí. La realidad es que la ANSES dilapida recursos en programas como Fútbol para Todos y después dice que no tiene plata para pagarle el 82 % móvil a los jubilados. Atacan al socialismo santafesino por las sospechas de coimas de su jefe policial y éste apenas se encuentra procesado, ya recuperó su libertad y aún nadie presentó pruebas contundentes que lo incriminen. 

Eso sí, hay algo en lo que todos se parecen: Cuando aparece una denuncia casi irrefutable sobre corrupción, ablan de "campaña sucia". 

Pero volviendo al 8-N, siempre va a haber infiltrados o gente que tienda a desvirtuar el reclamo, como sucede con toda manifestación masiva. Yo quiero que la Presidenta termine su mandato, como corresponde, por eso me molesta no me considero un destituyente. Si a otros les cabe el sayo, que se lo pongan, no es mi caso. Es momento de medir las palabras y de pensar un poco antes de decir las cosas. Punto final. 

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