22 de noviembre de 2012

Un día sin televisión

Ayer estuve todo el día sin TV porque me olvidé de hacer la recarga de Direct TV y debo admitir que extrañé la televisión. He despotricado demasiado contra ella, y en rigor de verdad siempre veo los mismos cuatro o cinco canales. Pero la cuestión era otra: estaba almorzando o cenando con mi familia, y el televisor ya estaba casi incorporado a la mesa. Ver la pantalla negra del aparato apagado y tener que consolarme con una radio a pilas no resultaba muy satisfactorio. Descubrí que más que estar viendo TV, necesito algo que esté haciendo ruido mientras estoy comiendo, ver imágenes, boludear con el control remoto como ocurre en la mayoría de los hogares. La música la reservo para la noche, cuando estoy en la cama y quiero olvidarme de todo. Pero a la hora en que todos nos reunimos para comer o para lo que fuere, queremos ver noticias, series, algún partido de fútbol (como el amistoso Argentina-Brasil), y creo que en esencia la función de la tele pasa por ahí. La TV no fue concebida para educar, como creen algunos pedagogos que son fundamentalistas del Canal Encuentro. ¡Cuánta ingenuidad! La televisión persigue otros fines, mayormente comerciales, y es como una caja de Pandora en la que se puede encontrar de todo. Desde las peores miserias y bajezas hasta las películas más aclamadas en la historia del cine. Eso es todo por hoy, simplemente quería contar, a modo de anécdota, cómo me sentí en un día sin televisión.

Cuando lo insólito se vuelve costumbre

  Tenía la intención de escribir una nueva nota antes de que finalizara febrero, pero no fue posible. Simplemente no encontraba los horarios...