25 de abril de 2020

ELOGIO DE LA RUTINA




Hay muchas canciones que aluden a un determinado día de la semana, ya sea en el título o bien en la letra. Y no es casualidad. Los artistas son personas como nosotros, con más dinero seguramente, pero si realmente son artistas en un sentido estricto y saben palpar el pulso de la realidad, sienten esa adrenalina de tener que dirigirse al público que pagó su entrada para el teatro y procurar que la gente se distienda durante el tiempo que dure la función. Expresar en música lo que te genera un día en particular no es algo sencillo, aunque muchos lo han intentado, con éxito dispar. Me vienen a la memoria The Cure con “Friday I’m in love”, New Order con “Blue Monday”, o yendo al rock argentino, Sui Generis, con su magnífica postal del Buenos Aires de principios de los '70, en "Lunes otra vez". Ese "otra vez" implica, resulta obvio decirlo, repetición. Otra vez lo mismo. Otra vez la rutina. Otra vez el laburo. Otra vez a vestirse para ir a la oficina. Otra vez el playero debe vestirse con ese horrible uniforme amarillo y rojo de la Estación de Servicio Shell. Otra vez a sentir que soy el engranaje de una máquina que funciona al compás del mercado. Pero, sin embargo, sin una rutina nuestra vida sería bastante caótica. Sin que ello implique ser tirano de los horarios, necesitamos cierto orden. Eso es lo que está pasando ahora: con la cuarentena, cada día parece igual a ayer, o al de la semana anterior. Antes tenía el celular encendido todo el día, pero para que no me fastidie opté por apagarlo por las noches. No sé si ese proceder reviste alguna utilidad, pero a mí me funciona. Primero, nadie me manda mensajes con pavadas, y además no me tiento de perder el tiempo con las redes sociales.

La rutina, que tiene mala fama por cierto, es lo que nos permite otorgarle a cada cosa su tiempo y su lugar, dentro de una determinada franja horaria. Hay gente que tiene rutinas de las cuales depende su propia salud, por ejemplo un esquema de medicación diario. Las pastillas de cualquier índole no son buenas o malas en sí mismas, en la medida que te ayuden a vivir mejor. Creo que no hay mucha vuelta en esto. El tema es que vivimos en una sociedad que está más "empastillada" que nunca, dado que no encontramos una manera mejor de bajar un cambio para escapar a un contexto que nos supera. No estoy haciendo una apología de los remedios, deben ser recetados como corresponde. No lo iba a decir, pero lo hago por las dudas de que alguien no lo interprete.

Comparto pequeñas viñetas cotidianas de hace unos años: Estoy en la plaza. Me siento a fumar un cigarrillo y a hacer tiempo hasta que abra un negocio. El dueño no está y ha dejado el infame cartelito "Vuelvo enseguida" de manera que no sé sabe cuál es el concepto él que tiene de la brevedad. Observo las otras personas que están sentadas en los distintos bancos, en particular los de las diagonales de la plaza. Chicas bonitas riéndose a carcajadas de quién sabe qué, una pareja mayor que con legítimo derecho salió a despejarse en el tramo final de su vida, un grupo de muchachos con mochilas y bolsos. Ninguno de nosotros sabe absolutamente nada de la vida del otro. Pero todos estamos ahí por algo. La Plaza 1810 es el único espacio público ubicado en el Centro de la ciudad donde uno puede estar sin tener que matar el tiempo o gastar dinero sentándose en un bar a tomar un café. Ha conocido épocas de prosperidad y de abandono, ha sido testigo de historias de amor y del fin de una relación entre dos seres que alguna vez se juraron amor eterno. Veo a una pareja que le entrega el celular a un amigo para que le tomen una foto, con la fuente de agua de fondo, como mustio recuerdo para llevar a sus lugares de origen. Muchas cosas pasan por la plaza. Cruzan sus diagonales los abogados que hicieron buen dinero (no todos) con algún juicio laboral, divorcios, accidentes de tránsito, y hoy andan trajeados y con un maletín pendiendo del brazo derecho. Detrás de ellos asoman señoras con bolsas de compras del supermercado Super Vea, que se quejan por el peso de las bolsas, porque viven lejos y no pueden pagar un remís para transportar la preciada carga. Hay gente que está sentada en otro banco, de la Plaza, también como yo, pero con la mirada perdida en algún lugar, ajena a todo, pensando quién sabe qué. Todo esto era normal, o al menos habitual, antes de marzo. Hoy forma parte de la anécdota. Como la señora cheta que había instalado una reposera para tomar sol en CABA y se resistía a “guardarse” en su departamento. Punto final.


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