11 de julio de 2021

Historia de los leales, traidores, alcahuetes y chupamedias

 Hubo un tiempo, no muy lejano, en el cual los acuerdos políticos en Lobos se dirimían en el Club Social. Tiene su lógica: era un lugar tranquilo, con sesgo aristocrático, que el común de la gente no frecuentaba. Sólo lo hacían las familias "con apellido", que malgastaban las horas jugando al póker, al bridge, o tomando algo en la vereda para hacerse ver. Estoy hablando, más o menos, de hace 30 años. Pues bien, eso cambió. Abundan muchos escondrijos donde los posibles candidatos se reúnen para sellar alianzas. A veces en un territorio "neutral", sin pertenecer a  partidos distintos. De no ser así, lo hacen en el comité, pero cuando los afiliados se enteran, arde troya. Y ahí sí se putean, se pasan facturas, se dicen de todo, en alguna ocasión los más exaltados se han agarrado a trompadas. Ir a una interna, en líneas generales, no es beneficioso para nadie, porque provoca un desgaste considerable, y además los derrotados son capaces de inclinar su voto por cualquiera con tal de arruinarles la fiesta a los vencedores. Como mencioné en una nota anterior, algunos no tienen problemas en mostrarse en público con sus nuevos aliados. Pero el político de raza, de los que aquí no abundan, va tramando con paciencia esa decisión, porque sabe que algo tendrá que ceder. Por ejemplo, un lugar en la lista, que ofrecerá a su posible socio. Evalúa cuánto tiene por ganar y cuánto por perder. Insisto, sabe que nada es gratis y que tendrá que hacer una oferta seductora, pero que no comprometa sus planes y que no provoque el rechazo de la militancia, que mientras los dos tipos deliberan, está totalmente ajena a lo que sucede. 

Traslademos este escenario al Conurbano, o a cualquier distrito donde los votos definen una elección. Imaginate que vos sos un pobre perejil, un militante de base que pega carteles y reparte boletas, te llaman una reunión en el comité, y luego de alguna frase de ocasión, el Jefe les comunica a vos y toda la gilada que pactó con Fulano para darle un lugar en la lista de candidatos. Estas cosas pasan con más frecuencia de lo que suponés, y en todos los partidos. A mayor verticalismo y obediencia debida al caudillo, más frecuente es. Y si hay uno que puso guita para la campaña, aunque sea un empresario venido a menos, hay que devolver favores, porque con esos tipos no se jode. Te ponen la plata, o te dicen "yo aporto tanto", pero no están haciendo beneficencia. Además, siempre hay alguno que se queda con un vuelto, el valijero o quien sea, y a más intermediarios, más condicionamientos tenés. Obviamente, el Jefe conoce esto y muchas veces los deja hacer. Eso sí, no se va a ensuciar las manos yendo a buscar plata negra. Un buen paso previo es crear una sociedad anónima trucha para eludir cualquier posible investigación, lo que se conoce como desvío de fondos. Bueno, entonces el capo manda a un emisario en quien deposita su confianza, aunque todos desconfían de sí mismos y de los demás. Desconfían, sobre todo, de que uno de los pesados se plante y quiera sacar los pies del plato en plena negociación. Los que pegan carteles no valen nada, son mano de obra barata o gratuita. Y el Jefe sabe que los conforma con poco. Si hay algo que detesta, son los aduladores y alcahuetes, pero los tolera porque los ve tan sumisos y chupamedias que les causan gracia. 

Si la historia termina bien y el candidato triunfa, siempre hay alguna licitación de obra pública o lo que fuere para favorecer a los aportantes, y hasta puede suceder que alguno de ellos integre el Gabinete, como hizo Menem al principio de su mandato con el grupo Bunge y Born. Todos quieren "salvarse", recuperar la guita que pusieron o recibir un trato preferencial por su interesada generosidad. En un próximo artículo, me referiré más en detalle a lo que viene después, es decir, luego de la victoria electoral y todos los compromisos que ello conlleva. Punto final.



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