17 de marzo de 2013

Domingo otoñal en la ciudad adormecida

Mis amigos de suelen decir que soy demasiado nostálgico, que pretendo recrear el pasado. Lo cierto es que, siguiendo la línea del post anterior, no comparto el estilo de vida de la sociedad actual. Por supuesto, no creo que todo tiempo pasado haya sido mejor. Rescato los avances tecnológicos, la mejor calidad de vida que trajeron consigo los descubrimientos de la ciencia, pero me pregunto a cuántas personas en este país llegan todos esos progresos que acabo de mencionar. Me fastidia que se declame todo el tiempo la "redistribución de la riqueza", la "movilidad social", y que desde un atril alguien nos hable "de los que menos tienen", cuando ellos, los que ostentan el poder, son los que más tienen. Preguntémonos, por ejemplo, cuántos chicos leen un libro fuera de la escuela, por el mero placer de leer. O si lo prefieren, por qué las sucesivas reformas educativas han fracasado, por qué nos mienten todo el tiempo al decirnos que la educación es prioridad para este Gobierno. La realidad es que nunca lo fue, por la sencilla razón de que para los señores del poder la educación es un gasto, no una inversión. Darle una notebook a un estudiante puede ser un hecho positivo para integrar las nuevas tecnologías al contexto aúlico, pero ante todo habría que explicarle al chico qué hacer con la computadora, cómo usarla dentro de la clase, y capacitar a los docentes. No obstante, cuando hay voluntad de enseñar, se aprende como sea, porque mi generación (y muchos argentinos que viven en parajes totalmente apartados de las grandes ciudades) aprendió con tiza y pizarrón.
  Y cuando reniego de mi ciudad, lo hago desde el cariño que le tengo. Digo esto porque la supe conocer diferente, con otros usos y costumbres, con gente sencilla, de trato cordial, que no vivía todo el tiempo corriendo tras el reloj y pensando en cómo hacer para pagar un crédito en el banco. Y aunque resulte ingenuo mi planteo, no me resigno a aceptar que todo eso se haya perdido. Ya no está la discusión en términos si somos un pueblo chico o no, sino sobre de qué manera logramos conservar nuestra idiosincrasia, aquello que nos hace vecinos de bien. Cómo conseguimos un cable a tierra, "bajar un cambio", pensar en el futuro (que como decía el Indio Solari "ya llegó hace rato") pero sin olvidar lo que supimos ser. 

Por ejemplo, en el último Desfile de la Tradición que se llevó a cabo, puede haber múltiples miradas. Podemos pensar en jinetes que se vistieron de gauchos para la ocasión, o en vecinos que utilizan las mismas prendas todos los días, aunque quizás ello no vendría al caso. Si no, por el contrario, indagar acerca de los motivos que nos llevan a exarcerbar la "argentinidad" de vez en cuando, como si fuera un artefacto de bolsillo que se puede activar a cuando dé lugar. Punto final. 

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Hoy retomé la nueva temporada del programa de TV: Quién iba a decir que llegaría a tener 5 años de continuidad entrevistando a vecinos de Lo...