26 de septiembre de 2013

Primavera Uno

Los días se alargan, se estiran, se elongan... comenzamos a ver bellas señoritas caminando por la calle con calzas o joggings, los chicos se juntan a matear en la Plaza hasta que cae el sol... estamos en primavera. Todavía no puedo salir de mi asombro por los actos vandálicos que un grupo de inadaptados cometieron contra la Iglesia San Ignacio de Loyola, la más antigua de Buenos Aires. Lo peor de todo es que no responden a ninguna consigna, no hay detrás una suerte de manifiesto revolucionario anticlerical: es simplemente el deseo de destruir, de dañar un patrimonio histórico de la ciudad, sin ningún fundamento que lo justifique. No fue algo espontáneo ni un rapto de furia: se tomaron el trabajo de violentar candados, cadenas y puertas hasta llegar al templo. Y por si alguien no entiende lo que pretendo exponer, no se trata de si sos creyente o ateo, porque cualquier persona atea con uso de razón respeta las creencias de quienes piensan diferente, aunque no las comparta. Hace tiempo ya que me harté de ver monumentos destrozados o mutilados, pintadas de aerosol en domicilios particulares, rotura de vidrieras con piedras o con pedazos de baldosas... en fin, podría seguir enumerando los actos vandálicos que a los lectores se les ocurra. Cuidar el espacio público es fundamental para una sociedad civilizada, y por eso no nos asombremos si los baños de una terminal de ómnibus o de una estación de tren son un asco. A nadie le importa nada, es evidente, porque no es su casa. Se sienten como si estuvieran en un hotel donde son aves de paso, y el pobre infeliz que luego quiera disfrutar de un espacio verde, no puede hacer, porque hubo otros antes que él que con dudoso sentido de la diversión se encargaron de destrozar bancos, juegos para los niños, y todo lo que pueda imaginarse. 

Muchos de los que perpetran estos atentados contra la propiedad pública y privada son menores, pero no se los puede criminalizar tan fácilmente, habría que indagar primero en su familia, cómo se comportan sus padres, qué ejemplo le dan a sus hijos, y buscar la raíz del problema. No sé si sirve de algo que un chico vaya preso por quemar una iglesia, a lo mejor sí, pero previamente sería bueno pensar qué pasó por la mente de ese pibe para cometer semejante atrocidad. Los argentinos que han tenido la suerte de viajar al Exterior, sobre todo a Europa, se asombran de la pulcritud y prolijidad de las plazas y parques. Las comparaciones, se sabe, son odiosas. Esto no significa que uno quiera irse del país, sino que pensemos en que no hace falta demasiado para obrar con conciencia ciudadana: sólo sentido común. Punto final. 



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