27 de marzo de 2016

Los domingos malditos

Los domingos suelen ser días horribles para el común de la gente, y yo me sumo a ese "club". Me desagradan, porque uno entra en una especie de limbo, de melancolía, cuando no de aburrimiento. Si partimos de la base que las formas de distenderse se han ampliado, ello no alcanza para que el domingo sea un día placentero de la semana. La televisión pasa "latas" de series viejas, repite programas, mucho deporte potenciado principalmente por el fútbol, y eso es todo. Excepto Radio 10, todas las radios AM transmiten los partidos. Y como dije antes, uno se pone a pensar en el tiempo desperdiciado, en que al día siguiente hay que trabajar, suponiendo que no te toque hacerlo ese mismo día. Inevitablemente, dentro de esa languidez, aparecen recuerdos que queríamos haber sepultado para siempre. Todo por la inútil nostalgia, o que porque el disco rígido de nuestro cerebro anda girando a mil, con el bocho maquinando quién sabe qué cosa. Y te ponés a pensar en la plata, sobre todo si se acerca fin de mes y cuándo vas a cobrar, cuándo tu esfuerzo va a ser recompensado. 

Es así como se pasa el día, y están aquellos que ni se enteran porque se lo pasaron con resaca por una noche de boliche, y otros que todavía no terminan de sacudirse la modorra de una tarde en la cual el sol se asoma por la persiana como si fuera un enemigo. 

Es una percepción personal decir que el domingo es incluso peor que el lunes, pero siento que cuando es lunes ya empezás de nuevo y los melones se acomodan solos. En cambio, "el séptimo día" está ahí, marcado con rojo en el almanaque, esperándonos cada semana, pasa hacer que las 24 horas sean un cúmulo de tedio y cuentas pendientes. Porque claro, el domingo te ponés a pensar en todo lo que podrías haber hecho y no hiciste, ese libro que te está esperando para que lo leas pero no tenés el menor entusiasmo en hacerlo, y de este modo gira la rueda hasta la semana siguiente. Si el domingo en cuestión resulta ser un día lluvioso o nublado, más desolador se presenta aún. Desde que el hombre se acostumbró a vivir con un calendario, con un celular, con una agenda, o lo que fuere, ya tenemos todo pautado y establecido, lo cual es un poco deprimente, al menos para mí. Punto final.

Cuando lo insólito se vuelve costumbre

  Tenía la intención de escribir una nueva nota antes de que finalizara febrero, pero no fue posible. Simplemente no encontraba los horarios...