16 de octubre de 2016

Una burbuja a punto de reventar

La vida va dejando huellas en nosotros, ya sea con la influencia del entorno, o bien con nuestras propias acciones. Desde chicos crecimos admirando a un músico, a un jugador de fútbol, o quien sea, y lo elevamos al sitial de ídolo. Todo lo que hoy parece nuevo y es motivo de alarma y preocupación en la sociedad, no lo es tanto. Lo que ha cambiado es la forma de comunicarnos y de expresarnos, pero no la perversidad, el odio, la mezquindad, las miserias humanas. Cuando alguien que hace mucho tiempo que no ves te saluda por la calle y te dice: "Estás igual!", es porque él se quedó con tu última imagen de hace años, no porque estés igual. Parece obvio decirlo, pero hay gente que cree que el tiempo no pasa, y que su aspecto juvenil es el único síntoma de un "no-cambio". Esto no es así, en realidad: podés lucir joven, pero es sólo parte del cascarón, no del meollo del asunto. 

El grupo de amigos de la infancia se dispersó: unos de mudaron a otra ciudad, otros viven en el exterior, algunos murieron. Y cada grupo que se va conformando en las relaciones humanas, es sujeto de un permanente cambio. Porque los intereses que tiene una persona de 15 no son los mismos que una de 45. El carácter, el temple, las cicatrices que te fueron quedando, tampoco están ahí de regalo: el tiempo es implacable. Podés tomarlo como un aliado o emprender una lucha inútil contra él. No somos otra cosa que el reflejo de una generación, como lo fueron nuestros padres y abuelos. Los usos y costumbres duran hasta que aparece una ruptura con lo establecido, que al principio es resistida pero luego se termina imponiendo. Así pasó con el rock, con los hippies, con una cultura marginal o "contracultura". Si tuviera que definir a qué burbuja de tiempo me gustaría pertenecer, diría simplemente que a la que estoy viviendo, la que me tocó en suerte. Es un error suponer que la vida era más fácil en otras épocas, o que lo será en el futuro. Porque en sí, el capitalismo no cambiará, y todo seguirá teniendo su precio, y el que queda afuera del sistema no existe, se jode. No es esto un panfleto de izquierda, sino un análisis de las causas que nos hacen sentirnos rehenes de un espacio y un  momento. Punto final. 

El culto a la haraganería es el éxito del celular

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