4 de mayo de 2022

Futuro imperfecto

Jueves cálido y con sol de otoño en la ciudad. Hay cosas que hacen que no comparta del todo el estilo de vida de la sociedad actual. Pero eso no me convierte necesariamente en nostálgico, porque la aceptación de esas cosas te convierten en hijo del tiempo que te toca vivir.

El devenir de la historia nunca discurre en sentido inverso. Por lo tanto, no creo que todo tiempo pasado haya sido mejor. Rescato los avances tecnológicos, la mejor calidad de vida que trajeron consigo las vacunas, los medicamentos y demás descubrimientos de la ciencia, pero me pregunto a cuántas personas en este país (o de cualquiera del Tercer Mundo) les llegan todos esos progresos que acabo de enumerar. Me fastidia que constantemente escuchemos arengas en defensa la "movilidad social", y que desde un atril alguien nos hable "de los que menos tienen", cuando ellos, los que ostentan el poder, son los que más tienen.

 Preguntémonos, por ejemplo, cuántos chicos leen un libro fuera de la escuela, por el mero placer de leer. O si lo prefieren, por qué las sucesivas reformas educativas han fracasado, por qué nos mienten todo el tiempo al decirnos que la educación es prioridad para este Gobierno o los anteriores. La realidad es que nunca lo fue, por la sencilla razón de que para los señores pedagogos que hoy son ministros, la educación es un gasto, no una inversión. Pensemos además que darle una netbook a un estudiante puede ser un hecho positivo que apunta a la inclusión o que permite integrarlo a ese pibe con las nuevas tecnologías dentro del aula, pero ante todo habría que explicarle al chico qué hacer con la computadora, cómo usarla didácticamente, y capacitar un poco más a los docentes. La experiencia demuestra que cuando hay voluntad de enseñar, se aprende como sea, porque mi generación (y muchos argentinos que viven en parajes totalmente apartados sin conectividad alguna) lo hizo con tiza y pizarrón.

  Y cuando reniego de mi ciudad, lo hago desde el cariño que le tengo. Digo esto porque la supe conocer diferente, con gente sencilla, de trato cordial, que no vivía todo el tiempo corriendo tras el reloj y con gente perdiendo el tiempo en discusiones estúpidas. El progreso lo vemos en el paisaje de la zona céntrica, o en quienes siguen apostando a la construcción de inmuebles, en los emprendedores, los laburantes. Dejando de lado eso, es un error lamentarse que todo lo demás se haya perdido. Ya no está la discusión en términos si somos un pueblo chico o no, sino sobre de qué manera logramos conservar aquello que nos hizo, en líneas generales, vecinos de bien. 

O para decirlo de otro modo: Cómo conseguimos un cable a tierra, "bajar un cambio", pensar en el futuro (que según el Indio Solari "ya llegó hace rato") pero sin olvidar de dónde venimos. Porque queda mucho por hacer, y no podemos delegar absolutamente todo lo que nos toca en el gobierno de turno. Más de una vez cada uno de nosotros ha tenido que tomar decisiones cruciales, que no quisiéramos, pero no nos queda otra opción. Y más viejo te ponés, más te das cuenta de que la vida dejó de ser un juego. Es un ciclo, un viaje, y hay que tratar de pasarlo lo mejor posible sin joder a nadie. Porque un día te despertás y cuando querés acordar, ya pasaron 10 o 20 años, y te preguntás qué estuviste haciendo todo ese tiempo, siguiendo a la manada, sólo por quedar bien con el resto.

Varios garcas que se pasan todo el día en un bar no piensan en eso, porque para ellos la vida está ligada a la timba y a la especulación, difícilmente los veas haciendo algo similar al “trabajo” del modo en que todos lo conocemos. Es algo que me interesa enfatizar.

Todos quieren que sus hijos vayan a la universidad y se conviertan en ingenieros, médicos o abogados, y no está mal esa aspiración paternalista en la medida que no genere presión y frustración. Porque en esta vida, aunque resulte cursi decirlo, debemos tratar de ser efímeramente felices, y no es necesario tener el diploma en un cuadrito colgando de la pared para serlo. Es admirable la capacidad que tiene el tipo común, como vos y yo, de cultivar ese elogio de la simpleza, para compartir la mesa con sus amigos, para disfrutar de un partido de fútbol por TV o todo lo que se les ocurra pensar. Como periodista, nunca aspiré a ser masivo, ni a que mi opinión sea replicada por miles de lectores. Puedo lograr que alguien apruebe o no mi manera de ver la cosas, pero no es el objetivo principal que me motiva, al menos en este blog. Si se trata de una nota periodística -o de la profesión que cada uno tenga- , no voy a negar que el reconocimiento o el cariño de los lectores nos ayudan a levantar un poco la puntería y sentirnos más queridos. Pero eso es todo.

 Mientras redactaba estas líneas, reflexionaba acerca de la necesidad de "bajar un cambio" y no dejarnos llevar por todo lo que nos dicen desde la pantalla del celular, con los interminables chats de WhatsApp que se viralizan y que ni sabemos a quiénes pertenecen. No porque no sea verdad, sino porque no está a nuestro alcance resolver nada, más aún cuando se trata de una conversación privada que se hace pública por la indiscreción de una de las partes. Cualquiera puede decir de mí lo que quiera sobre mi comportamiento público, pero no de lo que hago puertas adentro, porque ese espacio me lo reservo para mí. Es mi privacidad y mi derecho a la intimidad. Al final de cuentas, no soy famoso ni pertenezco a la farándula. Nos estamos viendo pronto. Punto final.

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