7 de abril de 2014

Prohibido quejarse

 

La realidad nos abruma y nos agobia con más frecuencia que lo habitual. Creemos que sólo aquello que vemos en los portales de noticias, o en la tele, es lo único que ocurre en el lapso de un día. O, mejor dicho, se trata de un "recorte" de lo real que hacen los grandes medios en función de distintos intereses. Hay muchísimos portales de Internet que brindan información más relevante y esclarecedora que un noticiero de tevé a las cinco de la tarde. Es cuestión de buscar, y de no quedarse en una actitud pasiva, dejando que nos den todo "masticado". Como periodista, tengo el compromiso cotidiano de brindar toda la información disponible, y no tergiversar los hechos, porque eso significaría inducir a los lectores para que piensen según lo que a mí teóricamente me conviene. Más allá de la carga de subjetividad que cada uno tenga, el que termina formándose un juicio de valor sobre ese hecho que es informado, siempre es el lector. Lo que nunca me gustó, debo decir, es que la sociedad deposite una carga bastante pesada sobre la prensa, al exigirnos que investiguemos, que chequeemos un determinado dato, porque yo no le digo a nadie cómo tiene que hacer su laburo, por lo tanto no me gusta que se metan con el mío. No es tan difícil de entender, me parece.

La mayoría de nosotros, en algún momento del día, nos quejamos de algo, ya sea porque no nos salió bien, o porque lo consideramos una injusticia, como que nos brinden un trato que –creemos- no nos merecemos. Y a medida que te vas haciendo viejo, más motivos encontrás para quejarte. A mí me pasa con frecuencia. El meollo del asunto es que nadie quiere escuchar a alguien que expone ese tipo de planteos todo el tiempo. Sólo lo hacen los psicólogos, porque les estás pagando y porque tienen una formación profesional que, en el mejor de los casos, te permite canalizar ese malhumor en una dirección distinta. Esto lo estoy diciendo ahora porque estoy tranquilo y puedo razonar mejor, pero si tengo un mal día, me vuelvo intratable. Cuando es al revés, es decir, que alguien se queja excesivamente conmigo, es una sensación similar a mirarme al espejo. Ese sujeto rompebolas soy yo, en la piel de otro.

 Debo admitir que muchas veces me quejo por hechos que no lo ameritan, y eso no es bueno, porque es una forma de inyectarse veneno uno mismo. Las noticias que veo por TV a menudo me ponen muy mal, aunque a esta altura de los acontecimientos uno se ha acostumbrado a todo, y en cierta forma, ha perdido la capacidad de asombro. Tanto los diarios como los noticieros muestran lo peor de la sociedad, y si son hechos reales es legítimo que lo hagan, pero ¿acaso nunca sucede nada bueno o ponderable digno de mención? Hay argentinos que han puesto en juego sus conocimientos y su prestigio profesional apostando a la Argentina y continúan haciéndolo pese a las sucesivas crisis que nos toca atravesar. Y que si te sirve de paliativo, pensá en la gente que la está pasando realmente mal, que no tiene un plato de comida en la mesa, o que se fundió apostando a un proyecto. Ese ejercicio mental hace que tus demandas o reclamos queden reducidos a meras nimiedades.

Mucha gente que hace grandes esfuerzos para estudiar y trabajar a la vez, personas de mediana edad que bien podrían estar sentados en el sofá y todavía tienen las ganas y la voluntad de acceder a un título, de cumplir el sueño de terminar una carrera. Si uno logra ser un poco más tolerante ante las boludeces que debemos soportar a diario. No es fácil para mí, se los aseguro, pero el resto de la sociedad no tiene la culpa de que a mí me moleste tal o cual cosa. Por supuesto, hay reglas elementales de convivencia, y cuando se transgrede ese límite, ya estamos hablando de otra cuestión, porque alguien está vulnerando nuestros derechos con el maltrato y la violencia. Pero eso ya constituye un tema que llevaría más espacio que el texto que aquí nos convoca. Punto final.


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