5 de mayo de 2018

¿Cómo tomar decisiones en un país tan imprevisible?


Todo el tiempo debemos tomar decisiones. Desde aquellas que parecen más simples y cotidianas, como elegir un determinado producto de la góndola del supermercado, hasta otras donde está en juego la vida de un ser querido. Comprar un medicamento que es muy caro. Elegir entre una internación o un tratamiento ambulatorio. Hacer los trámites necesarios para cambiar de obra social, o buscar una prepaga de mayor cobertura que no te descosa el bolsillo en el intento.

Pero también, en la vida a veces hay que aprender a decir que “no”. No a la manipulación de nuestras emociones. No a los hábitos poco saludables, aunque nos den placer, como fumar un cigarrillo (de hecho de vez en cuando lo hago). Negarse a ser víctima de la burocracia, dentro de lo posible. No dejarse engañar por personas cuyo único objetivo parece ser cagar al otro. Porque no vinimos a este mundo para sufrir o mortificarnos, la persona no es una “cosa”, tenemos sentimientos, aspiraciones, proyectos, ganas de torcer la historia que a veces nos resulta esquiva.

No quiero llegar a viejo (si es que llego), y tener que decirles a mis hijos o a mi sobrino que el país está peor de cómo yo lo encontré cuando crecí. Quiero que mis hijos puedan jugar en la vereda, o en la calle, o en un potrero. Eso no existe más.  Lamentablemente, la clase política se caga en todos nosotros, en quienes los votamos y en quienes no, porque en definitiva siempre vuelven. El “que se vayan todos”, es una utopía. Vuelven reciclados, con otro slogan,  con el escudito de otro partido, pero son los mismos. Y si se mueren, dejan como legado a toda una generación de idiotas útiles, manga de tecnócratas que se consideran intocables,  que nos quieren hacer creer que son el cambio y que son “lo nuevo”. A veces, me da la sensación de que esta película ya la vimos. Punto final.


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