2 de diciembre de 2020

Quemando los últimos cartuchos de 2020

Cuando perdemos la inocencia o la ingenuidad, perdemos también la capacidad de asombro. Hay un momento de quiebre en cada uno de nosotros, en el cual ya no somos tan crédulos, y ese "clic" se da por lo general cuando sos adolescente. Digo esto, sin ser psicólogo ni mucho menos. Es una etapa en la que ansiás tener 18 años para poder hacer un montón de cosas que te están vedadas, y luego comprendés que no era nada realmente importante, excepto votar, por citar un caso (ahora los chicos pueden emitir su voto a partir de los 16). Acá no es tan estricto como en otros países el acceso a películas pornográficas, pero recuerdo que años atrás uno tenía que recurrir al favor de un amigo o hermano mayor para conseguir el ansiado videocassette. Hoy todo pasa por Internet: para quien le interese, hay infinitos videos de sexo explícito que ni siquiera se sabe quién los ha ido subiendo a la red.

La cuestión es que estamos quemando los últimos cartuchos de 2020, siempre con la esperanza de un futuro mejor. Una esperanza que no está fundada en nada en concreto, tal vez en ese anhelo colectivo de dar vuelta de página e ir recuperando paulatinamente nuestra vida normal. Pero ojo, porque tal vez aquello que nos era "normal" tampoco nos daba satisfacciones. Idealizamos cosas o hábitos por el solo hecho de no poder llevarlos a cabo. Jugar un picadito de fútbol no parece ser nada extraordinario, hasta que lo prohibieron como sucedió con otras tantas actividades por razones ya conocidas. 

Aprendiendo de los que tenían más experiencia que yo, y de mi formación académica, hace casi 20 años pude lograr lo que siempre quise ser: periodista. Y también uno aprende de los tropezones o de aquellos que tienen una concepción errónea de un medio de comunicación. No somos jueces ni pretendemos serlo, al menos en mi caso. 

 Pero van surgiendo nuevas generaciones y es natural que, como yo lo hice en su momento, peleen por un lugar en la profesión. Eso te obliga (me obliga) a superarme. A dar lo mejor que pueda, a corregir una y mil veces un texto hasta darle a la nota la forma que yo quiero. A reinvertir en mis insumos: pilas, grabadores, cámaras de fotos. A buscar nuevos anunciantes. A darle preponderancia a la parte fotográfica para que el lector tenga la mejor imagen ilustrativa, la que se merece, con nitidez y calidad. La superación excede largamente lo laboral, y es -debe ser-  personal. Cuando lográs que menos estupideces te irriten, te indignen y te saquen de foco de lo realmente importante, te estás superando (a mi modo de ver). Ahora lo llaman "soltar", no sé cómo le decíamos antes. La satisfacción del trabajo bien hecho es lo más valioso, aunque no se traduzca en el juicio de valor de los demás. A veces pierdo 25 minutos desgrabando una nota que ya sé de antemano que no tiene ningún gancho, es una aburrida conferencia de prensa para anunciar temas que no son más que boludeces o publicidad encubierta. Y en otros casos, con mucho menos esfuerzo, conseguís 500 o 600 visitas. Estoy hablando de cómo se maneja el tráfico de usuarios por Internet, que se incrementó notablemente en la pandemia con las redes sociales, sobre todo en las transmisiones en vivo por Instagram. Y también del comportamiento del lector.

 No se puede complacer a todo el mundo, ni escribir notas que sean del agrado de todos. Los hechos son como son y tenemos el deber de informar. Aun cuando sea de escaso interés. Se escribe "por" el lector, no "para" el lector. Es subestimar a la gente darle todo masticado, las cosas que son complejas se explican con la mayor claridad posible para que el mensaje llegue a un público amplio, pero esto me hace acordar a aquella vieja anécdota de Ernesto Sabato, cuando le pedían que explicara más fácil la Teoría de la Relatividad. Punto final. 

 

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