13 de septiembre de 2014

La culpa siempre es del otro

(Redactado originalmente en septiembre de 2014)

Soleada tarde de sábado en la ciudad.  Estaba reflexionando acerca de nuestro pasado reciente, y cada vez estoy más convencido de que en este país llamado Argentina suceden cosas difíciles de explicar. En rigor, casi todo lo que aquí ocurre resulta inexplicable, si no fuera porque existe algo llamado "militancia". Ser millitante de un partido político lo justifica todo: hasta defender aquello que no resiste el menor análisis. 
En lugar de preocuparse por la seguridad o por cuestiones más acuciantes, el Gobernador Scioli, secundado por la inepta Ministra de Educación Nora de Lucía, anunció que se eliminarán los aplazos en las escuelas primarias. Habría que leer la "letra chica" de la Resolución del Consejo Federal de Educación para ver los fundamentos, pero lo que sí puedo decir es que me parece una estupidez que se eliminen de la calificación escolar los números 1, 2, y 3. Para seguir así, deroguemos la calificación numérica. Por otra parte, desde la Provincia aseguran que "un cuatro seguirá siendo un cuatro", y que se aprobará sólo con 7. Ajá, me parece que entendí cómo funciona este juego...del mismo modo, años atrás, nos decían que "un 4 equivale a un 7". En realidad, cada docente hace lo que quiere con sus numeritos, y a veces recibe una "sugerencia" del Director/a de la escuela donde dicta clases para aprobar a tal o cuál alumno. A menudo esto ocurre porque es un niño bien portador de apellido de una familia de "gente bien" . Pero en otras oportunidades, el verdadero motivo es que, un chico que no estudia, parece ser un estorbo. Entonces, qué mejor que "sacárselo de encima" al alumno con pocas luces, pasándolo de grado sin merecerlo. Total, llegado a esa instancia, el problema será del próximo docente. Y qué más da, si de todas maneras...la culpa siempre es del otro.

Para ir terminando, diría que a pesar de que me quejo demasiado por cuestiones que podrán coincidir o no conmigo, encuentro un cable a tierra en la gente que me quiere de verdad, en el saludo de un vecino, en una charla distendida en la cual quizás se aborden temas intrascendentes pero que son parte de la vida misma. Cada uno tiene su vara para medir lo anecdótico de los asuntos serios que a todos nos toca afrontar alguna vez. Por ello, agradezco que se hayan alejado todas las personas que con el tiempo demostraron ser una escoria. Punto final. 

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