13 de noviembre de 2017

La sabiduría de aprender a envejecer

Hay gente que se niega a envejecer. No me refiero al modo de vestir, tampoco al estado de salud. Simplemente, no acepta que una determinada etapa de su vida ya pasó, y es natural que así sea. Generalmente el "clic" llega con la jubilación, cuando a los 60 o 65 años tenés que llenar cada día de tu vida con el tiempo que antes pasabas trabajando. Algunos lo saben sobrellevar mejor que otros. Pero además, como dije antes, negar que envejecemos es negar a la naturaleza misma: la presbicia, las canas, las arrugas en el rostro, y todo ello. También se suele hablar de la "crisis de los 40" (estoy cerca de ese número), y es común que te preguntes qué hiciste los años anteriores y qué te queda por hacer. 

Podemos tomar a la vida como un libro en blanco donde cada uno va escribiendo su historia personal, o como una novela donde ya está todo determinado o predestinado. En realidad, ninguno de estos planteos aporta demasiado, porque lo que sostengo, y no me cansaré de repetirlo, es que la inteligencia es la capacidad de adaptarse. Por muy culto que seas (entiéndase por culto ser un tipo leído, y ese tipo de cosas), podés ser incapaz de manejar las situaciones que se te vas presentando. Y la experiencia, que llega con los años, forma parte de ese proceso de aprender a envejecer y convivir con la imagen que nos devuelve el espejo todas las mañanas. Punto final.

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