24 de noviembre de 2019

Conviviendo con 2020: el futuro llegó hace rato

Domingo por la noche en la ciudad. Este fin de semana hubo numerosas actividades culturales, lo cual me lleva a pensar en una falta de planificación, ya que hay findes muy pobres y otros como éste con casi 10 eventos que a una persona que se maneja por su cuenta y sin empleados como yo le resulta imposible cubrir. Más aún si los horarios se superponen. Pero bueno, lo más importante es que los lobenses en general los puedan disfrutar, dado que la mayoría de ellos eran gratuitos. Cuando alguien hace una exposición o presenta un libro, lo más habitual es que concurran familiares y amigos del artista, y no público en general. Por eso hay que jerarquizar estas actividades para ampliar el espectro hacia todos quienes se muestren interesados en salir de la monotonía pueblerina.

Me pongo a pensar en lo poco que falta para terminar este 2019, y casi inevitablemente me incita a reflexionar en lo que pude concretar y aquello que quedó en el camino. Realizarme profesionalmente es algo que voy logrando de a poco, sin bajar la guardia, con los altibajos lógicos de un ciclo que se presentó complicado. Por lo general, es en octubre o noviembre cuando te cae la ficha de que el año se termina, y al caer el telón quedan sepultadas buena parte de las expectativas o deseos que nos propusimos como metas cuando brindamos el 1° de enero. Es así, amigos, quien lo niegue quizás no lo quiera reconocer, pero el ser humano es bastante básico en ciertas cuestiones. Por eso sostengo que hay que tomar el 2020, como diciendo "a ver qué onda", sin grandes aspiraciones que sabemos que no podremos cumplir, o que no dependen 100 % de nosotros. Por supuesto, como la mayoría de ustedes, quiero creer que 2020 será un buen año. Pero no me puedo convencer de algo en lo cual no tengo indicios suficientes. 

Recuerdo cuando estudiaba Periodismo en Buenos Aires, y cómo ansiaba regresar a Lobos los viernes, apenas terminaba de cursar. No sé por qué, pero nunca conviví con la bohemia de Baires, con sus boliches, etc. De hecho, creo que la última vez que viajé a Buenos Aires fue en 2017, a pasear y comprar boludeces, cuando todavía se podía hacerlo. En aquel momento el pasaje de la combi salía 30 o 40 mangos, y hoy cuesta más de 100. Tiempos de cambio...
Con mi familia, cuando se puede, acostumbramos ir al Conurbano, a los shoppings de Lomas o de Canning, a los hipermercados...queda mucho más cerca de Lobos, no tenés que pagar infinidad de peajes, y encontrás casi lo mismo que en cualquier shopping de Baires, con la diferencia de que no hay tanta marginalidad alrededor. De todos modos, con la suba de la nafta es cada vez menos frecuente que viajemos. 

 La verdad es que no extraño a Buenos Aires, me parece una ciudad al borde del colapso, muy distinta a la que yo conocí allá por 1997. Es curioso pensar que mucha gente se quiere ir del loquero, y otros van (sobre todo estudiantes) para cumplir diferentes propósitos. Hay muchos porteños viviendo en Lobos, y los reconocés al toque por la forma de hablar, de actuar, de comportarse... en fin, por todo aquello que la gente del Interior aborrece del porteño. Es frecuente verlos en algún bar conocido de la calle 9 de Julio e intentar comportarse como pueblerinos, pero  la impostación resulta en vano. Están acostumbrados a otro ritmo de vida.

Sin embargo, algunos de los recién llegados a nuestra ciudad, que están jubilados, aburridos, o son simples oportunistas, logran una aceptación social llamativa, sustentada fundamentalmente en el "verso" o chamuyo. Pero también es cierto que emprendimientos comerciales que ya no son novedosos en los grandes centros urbanos, arriban aquí como si fueran lo mas "cool" que uno pudiera conocer. 

 En fin, me voy a dar un paseo por el Centro, que seguramente debe estar dormido, casi como yo. Punto final. 

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